Entre el control estatal y la vigilancia digital, la información se ha transformado en el arma más letal de la geopolítica moderna, redibujando las fronteras entre la realidad y la propaganda.
Por Claudia Benítez
HoyLunes – La historia construida por cada uno de nosotros es narrada por los vencedores, por los sobrevivientes. En los conflictos armados y en las tensiones geopolíticas contemporáneas, la información es un recurso estratégico, tan relevante como el poder militar. Más allá del campo de batalla, hay Estados que libran una lucha paralela por el control del relato, utilizando la censura, la propaganda y la desinformación como instrumentos de dominación política, represión interna e influencia internacional.
Hoy, la sobrevivencia cotidiana es expuesta con facilidad a través de cualquier aplicación digital, la violencia diaria logra, en ocasiones, escapar a los mecanismos tradicionales de censura. Las tecnologías digitales no solo han amplificado estas dinámicas de información, desafortunadamente también fortalecen nuevas formas de control.

Las redes sociales, algoritmos y sistemas de vigilancia también permiten una manipulación más sutil y masiva de la opinión pública.
La desinformación, los contenidos falsos y las operaciones de influencia se difunden con rapidez, erosionando la frontera entre realidad y propaganda o desinformación.
Es así como se construye un nuevo aparato de control de la información, el cual no es un fenómeno accesorio, sino un componente central del poder estatal.
La lucha por el dominio del relato plantea serios desafíos para la libertad de expresión, el periodismo crítico y la democracia, recordándonos que, en los conflictos actuales, la verdad es también, una de las principales víctimas.
Los conflictos que se expanden en nuestro mundo ofrecen ejemplos claros de control de la información. Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania en 2022, el Kremlin ha impuesto un férreo control sobre los medios de comunicación y el lenguaje permitido. Términos como “guerra” o “invasión” fueron prohibidos, los medios independientes fueron clausurados, bloqueados o catalogados como “agentes extranjeros”. Esta censura no solo busca neutralizar la crítica interna, sino también construir una narrativa oficial que legitima la acción militar y reduce el espacio para el desacuerdo social.

En otros casos el control informativo se justifica bajo el argumento de la seguridad nacional.
La censura militar preventiva obliga a los medios a someter determinados contenidos a aprobación previa, especialmente en contextos de guerra o escaladas regionales. Si bien estas medidas se presentan como necesarias para proteger operaciones militares y vidas humanas (en uno de los campos), organizaciones defensoras de la libertad de prensa advierten constantemente que estas prácticas limitan la transparencia y dificultan el acceso a información independiente, como ocurre en conflictos como Gaza o las tensiones en Irán.
Asimismo, algunos Estados combinan la represión informativa interna con una estrategia activa de propaganda exterior. Al control estricto de internet, de los medios y de las redes sociales se acompaña la persecución de voces opositoras y la restricción del acceso a plataformas internacionales. Paralelamente, se desarrollan campañas digitales dirigidas a audiencias extranjeras con el objetivo de proyectar una imagen favorable del régimen y desacreditar a sus adversarios.

Ante este escenario, surge una pregunta fundamental: ¿cómo construir una representación de la realidad que dialogue verdaderamente con la vida actual?
Recordemos que la información es una representación de la existencia. La cual selecciona hechos, los ordena y los interpreta desde marcos culturales, políticos y tecnológicos. Para que la información esté consciente de la realidad, debe reconocer las diferencias que la constituyen, a la vez que permite la deconstrucción, la comprensión y su transformación en narrativas constructivas y certeras.

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