Más allá de la puesta en escena de San Valentín: una reivindicación del afecto cotidiano, la caligrafía de lo honesto y el valor de no conformarse con un amor que obligue a encogerse.
Por Lidia Roselló
HoyLunes – No sé en qué momento decidimos que el amor tenía que venir envuelto en cosas que se marchitan rápido. Un ramo. Una caja con un lazo perfecto. Una cena con reserva hecha con semanas de antelación, ojo que también me gustan, pero es como si el cariño necesitara confirmación.
A mí, si me preguntas, el amor debería ser más parecido a encontrar una nota doblada en cuatro en el bolsillo del abrigo. De esas que no hacen ruido, pero te cambian el día.
No una carta grandilocuente. No un discurso para impresionar. Más bien una carta pequeña, casi cotidiana, escrita desde el lugar exacto donde una se siente segura: la verdad.
Me gustaría que dijera algo así como: “Hoy he pensado en ti sin querer, como cuando entran los rayos de sol por la ventana y no lo estabas buscando”. O: “Me gusta cómo ocupas el mundo cuando estás tranquila”. O incluso: “Si hoy se te hace pesado, yo te sostengo un rato”.
Porque eso es lo que yo entiendo por romántico: alguien que no compite con tus miedos, que no te pone a prueba, que no te ama solo cuando estás brillante. Alguien que te quiere también en el día tonto, en el día raro, en el día de pelo sucio y mente revuelta.

Me gustaría que la carta no viniera a prometerme nada imposible, sino a recordarme lo posible: que el amor puede ser un sitio sin estrategia.
Que puede ser sencillo. Que puede ser ligero. Que puede parecerse a una mano en la espalda mientras friegas los platos, a un “¿te recojo?” cuando llueve, a un “me he acordado de ti” sin necesidad de explicación.
Y me gustaría, esto es importante, que no fuera una carta escrita para arreglar una semana de indiferencia. No quiero amor en modo compensación. No quiero “perdón” con purpurina. No quiero gestos enormes para tapar ausencias pequeñas que, sumadas, pesan como piedras.
Yo quiero la carta de quien está, de quien mira y de quien se queda.
Quizá por eso me conmueve tanto imaginarla en un bolsillo: porque no está en un pedestal. Está cerca, al alcance. Está mezclada con las llaves, con el ticket arrugado de la compra, con el caramelo que te guardaste por si te daba bajón.
Esa carta, en realidad, no habla de ‘San Valentín’. Habla de todos los días.
De los jueves cansados, de los lunes con sueño y de los domingos que se estiran.
Y sí, lo confieso: yo también he querido a veces el amor ruidoso, el que se nota, el que parece película. Pero con el tiempo he aprendido que el amor de verdad no siempre tiene banda sonora. A veces tiene silencio. A veces tiene rutina y a veces tiene un “¿qué has comido?” que es el equivalente emocional a una manta puesta sobre los hombros.

Así que, si hoy alguien me preguntara qué regalo quiero, yo no diría rosas. Yo diría esto: una frase honesta, escrita sin prisa, en un papel cualquiera. Una carta que no intente convencerme, sino acompañarme.
Y si no aparece… también vale.
Porque esta es la parte que nadie te vende en febrero: que la carta más importante también puedes escribirla tú. La que te dejas en el bolsillo por si un día dudas. La que te recuerda que mereces un amor que no te haga encoger. La que te dice, con una caligrafía imperfecta pero firme: “No te conformes con menos de lo que te hace bien”.
Quizá esa sea la verdadera costumbre romántica, la de encontrarte a ti, incluso en un abrigo viejo, incluso en febrero o en un día cualquiera.
¡Feliz San Valentín!

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