De la librería de mi madre a la ‘Fundación’ de Asimov: Un viaje introspectivo por la ciencia ficción que moldeó mi curiosidad, desafió mi realidad y me enseñó que los pasaportes más valiosos se guardan en las estanterías.
Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes – Desde que tengo memoria, la ciencia ficción ha sido para mí mucho más que un género literario: ha sido un refugio, un descubrimiento y, en ocasiones, una especie de religión secreta. Empecé a leerla con apenas dieciséis años, gracias a que mi madre tenía una librería. Podía conseguir cualquier libro que deseara, y yo devoraba cada título como si fueran tesoros escondidos.
Estaba tan metida en estas lecturas que, en lugar de rezar a Dios, me encontraba rezando al universo para que un extraterrestre me liberara de mi pequeña y pesada realidad terrenal. Cosas de juventud que ahora recuerdo con una mezcla de risa y ternura, como si aquel yo adolescente hubiera tenido un pacto secreto con las estrellas. Sentía que cada libro abría una puerta a mundos posibles, y yo quería atravesarlas todas.
Mis libros de cabecera durante mucho tiempo fueron, sin duda, los de J. J. Benítez. Desde muy joven me sumergí en la saga de ‘Caballo de Troya’, y recuerdo cómo cada volumen era un mundo en sí mismo, lleno de misterios, paradojas temporales y detalles históricos que te obligaban a imaginar, a cuestionar y a soñar. Pero no se quedó ahí mi pasión: también devoré otros títulos emblemáticos de Benítez, como ‘El Enviado’, donde los secretos del universo se mezclaban con la vida cotidiana de los protagonistas; ‘La Rebelión de Lucifer’, que me hacía cuestionar la moral y la historia de la humanidad; o ‘La Quinta Columna’, con sus teorías y enigmas que se sentían tan cercanos como inalcanzables. Cada libro era un pasaporte a lugares imposibles, un recordatorio de que lo que parecía cotidiano podía contener misterios infinitos.

Al mismo tiempo, los libros de Erich von Däniken fueron mi fuente constante de asombro. Obras como ‘Recuerdos del futuro’, ‘Los dioses del Edén’ o ‘El misterio de los dioses’ me enseñaron a mirar los monumentos antiguos, los mitos y la historia de otra manera: como si hubiera algo más, algo que la humanidad apenas empezaba a comprender. Y, claro, los universos de Isaac Asimov, con la icónica ‘Fundación’, sus relatos de ‘Yo, Robot’ y novelas como ‘El fin de la eternidad’, me introdujeron en un tipo de ciencia ficción más racional y estructurada, donde la lógica y las leyes del universo eran tan fascinantes como cualquier ovni o fenómeno inexplicable que pudiera imaginar. También recuerdo con cariño a Aldous Huxley, con ‘Un mundo feliz’, esa obra visionaria sobre un futuro donde los seres humanos ya no nacen de sus padres, sino que son creados y condicionados por la sociedad, una lectura que me impactó profundamente por la forma en que combina imaginación, crítica social y una visión inquietante del mañana.
Y cómo no mencionar a Ray Bradbury, con su inolvidable ‘Fahrenheit 451’, que me enseñó que la ciencia ficción también podía ser poesía, advertencia y defensa apasionada de los libros; o a ‘Arthur C. Clarke’, cuya ‘2001: Una odisea del espacio’ me abrió la mente a un cosmos silencioso, inmenso y profundamente filosófico. Durante mi adolescencia, estos libros fueron mi santuario. Recuerdo perfectamente que en el colegio me llamaban “la bruja” porque pasaba horas hablando de extraterrestres, de viajes en el tiempo y de robots con leyes más inteligentes que muchas personas que conocía. Hoy, con perspectiva y un poco de humor, seguramente me definirían como “la rarita, o la friki de la ciencia ficción”, y me hace gracia pensar en lo serio que yo me lo tomaba entonces.
Pasados los veinticinco, dejé un poco de lado la ciencia ficción para explorar más la narrativa contemporánea, la poesía, la novela, intentando buscar mi voz propia. Durante más de una década, la ciencia ficción quedó en un segundo plano, siempre presente en mi memoria, pero dormida.

Y regresé. Gracias a mis alumnos, muchos de ellos jóvenes escritores de ciencia ficción, he vuelto a sentir ese cosquilleo que solo la lectura de los clásicos puede provocar. Al ver sus historias, sus mundos distópicos y universos alternativos, he vuelto a mí misma. Pero no puedo evitar una mezcla de ternura y sorpresa: muchos de estos jóvenes crean mundos sin la cultura de los clásicos, sin haber leído a quienes primero imaginaron esos universos imposibles. No es una crítica dura, sino un recordatorio de que cada mundo nuevo tiene unas raíces, que hace décadas alguien ya escribió sobre viajes en el tiempo, civilizaciones desconocidas, invasiones extraterrestres o sociedades alternativas. Cuando les hablo de Asimov, de Huxley, o de Bradbury, me entra una risa por dentro: parezco una abuela del cosmos contando batallitas interestelares, recordándoles que muchas de sus “novedades” ya habían sido imaginadas mucho antes.
Hoy, con más de cincuenta años, sonrío al recordar esos momentos, pero también siento gratitud. Esa yo joven me enseñó a soñar sin límites, a buscar respuestas en los lugares más improbables y a creer que mi imaginación podía tocar estrellas, aunque solo fuera con la punta de los dedos. Esa misma niña sigue viva en mí, y gracias a mis alumnos y a mis relecturas, nos reencontramos constantemente.
Volver a la ciencia ficción ha sido, para mí, un regreso a la esencia de mi imaginación. Es recordar la emoción de abrir un libro y sentir que el universo entero está a mi alcance. Y, sí, todavía miro al cielo de vez en cuando con la esperanza de que, de algún modo, mi susurro llegue a algún rincón del universo. Es un susurro tonto, quizá, pero lleno de emoción, de ternura y de ese humor que solo da la pasión por lo imposible.

Al final, la ciencia ficción no es solo un género literario. Es un viaje, una escuela de imaginación, un recordatorio de que, aunque la vida cotidiana sea pesada o aburrida, siempre podemos escapar a mundos infinitos y cuestionarlo todo con plena libertad. Para mí, es volver a mi yo adolescente, a aquella “bruja” del colegio, a la friki que rezaba al universo, y redescubrir que todavía hay magia, misterio y aventura esperando entre las páginas de un libro.
Y mientras siga leyendo a Asimov, Benítez, Däniken y a los jóvenes que reescriben la ciencia ficción hoy, sé que siempre habrá un universo listo para ser explorado, para recordarme que la imaginación, cuando es libre, no tiene edad.

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