De la nostalgia de la ceniza en Popayán a la ética universal del sacrificio: un recorrido por el ayuno y la caridad como puentes de trascendencia, cohesión social y renacimiento espiritual en las grandes tradiciones de la humanidad.
Por Claudia Benítez
HoyLunes – En lo profundo de mi memoria, los recuerdos de la Cuaresma en Popayán aparecen envueltos en una neblina suave, como sus mañanas frías y noches dulces que anteceden a las procesiones. No era solo un tiempo espiritual: la ciudad entera parecía latir al ritmo de esa espera. Popayán vivía el año preparándose para la Semana Santa y la Cuaresma marcaba el comienzo de una transformación silenciosa. Todo iniciaba con la misa del Miércoles de Ceniza, cuando la frente marcada nos recordaba la fragilidad de la vida y la necesidad de volver a lo esencial. Los viernes de pescado, la ausencia de carne, los pequeños sacrificios cotidianos iban dando un nuevo valor a los gestos más simples, como si cada acto se cargara de un sentido más profundo.

Con el paso del tiempo he comprendido que esas prácticas no eran exclusivas de mi infancia ni de mi ciudad. Desde tiempos antiguos, el ayuno ha acompañado a la humanidad como un lenguaje común entre culturas y religiones. Ayunar no ha sido solo dejar de comer, sino detenerse, escuchar el cuerpo y el espíritu, aprender a renunciar para mirarnos. En esos momentos el ser humano ha buscado purificación, claridad y sentido, una forma de reconciliarse consigo mismo y con el mundo.
El ayuno no camina solo. Junto a él aparece la caridad, ya que la privación voluntaria se transforma en una oportunidad para ayudar y reconocer la dignidad del prójimo. La renuncia personal cobra verdadero significado cuando se convierte en apertura hacia los demás.

Compartir lo que se tiene, aliviar el dolor ajeno, reconocer al otro como hermano: dentro de la tradición religiosa, estos gestos son la prueba viva de una espiritualidad sincera. La caridad transforma la reflexión interior en acción y teje lazos que sostienen a la comunidad, contribuyendo a su cohesión, generando un impacto que trasciende lo individual.
En el cristianismo, la Cuaresma sigue siendo ese tiempo de preparación que invita a la conversión personal y compromiso social mediante el ayuno, la oración y la limosna. Hoy, esas prácticas se manifiestan en nuevas formas: campañas solidarias, proyectos sociales y espacios de encuentro que buscan responder a las necesidades actuales sin perder su raíz simbólica. Algo similar ocurre en el Ramadán islámico, donde el ayuno diario se acompaña de la oración y la ayuda al necesitado, o en el judaísmo, donde ayunos como el de Yom Kipur abren caminos de arrepentimiento y reconciliación.
Incluso en religiones orientales como el hinduismo y el budismo, la disciplina espiritual y la abstinencia conservan su valor como caminos hacia el equilibrio interior y la armonía colectiva. Así, prácticas ancestrales siguen respirando en el presente, adaptándose sin desaparecer.

Al final, el ayuno y la caridad permanecen como hilos invisibles que unen pasado y presente. En ellos, distintas religiones recuerdan que la transformación personal solo cobra sentido cuando se refleja en el cuidado del otro y en la vida compartida de la comunidad.

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