El oficio de mirar: El arte de leer en diagonal

El arte de la lectura en diagonal como escudo ante el caos informativo y la alarmante pérdida de la mirada lenta en el 2026.

 

Por Nuria Ruiz Fdez

HoyLunes – En las últimas semanas, he escuchado la misma frase repetirse en tertulias de televisión y de radio, casi como un estribillo: «me he leído el proceso judicial», «son cientos de páginas, pero ayer me lo dieron y lo he leído…». Lo dicen algunos contertulios con una naturalidad pasmosa, como si entre un café y una pausa publicitaria diera tiempo a digerir tomos judiciales enteros. La coletilla suele llegar después, dicha a media voz, con cierto orgullo: y lo he leído… en diagonal.

Como esa confesión se repitió más de una vez y en poco tiempo, la curiosidad empezó a hacer su trabajo en mí. ¿Qué era exactamente eso de leer en diagonal? ¿Una manera elegante de salir del paso o una habilidad real? Fue entonces, cuando indagué cómo se aprende a leer en diagonal, que me di cuenta de algo revelador y sorpresivo: llevo leyendo en diagonal desde hace mucho tiempo, sin darme cuenta, como quien desarrolla un instinto para sobrevivir al caos cotidiano. Pero no fue hasta que leí —ironías de la vida— que esto es un arte, o mejor dicho, una técnica reconocida, cuando comprendí que no lo estaba haciendo “mal”, sino exactamente como debía. De pronto, aquello que parecía una travesura lectora se convirtió en un superpoder silencioso.

Y claro, una empieza a imaginar cosas. Primero, los concursos literarios: ¿usarán esta técnica, deberían usarla, saben cómo utilizarla bien? Porque a veces da la sensación de que ni leen el texto, o que solo leen el nombre del autor. Ya vimos lo que pasó con nuestro último Premio Planeta, donde el envoltorio parecía más importante que el contenido. Entonces me pregunté: ¿es arriesgado juzgar así una obra? Sin duda. La lectura en diagonal puede servir como un primer vistazo, pero nunca como sentencia.

¿Destino o descarte? El riesgo de juzgar una vida de escritura en un solo vistazo.

Y si eso sucede en los concursos, ¿qué no pasará en las editoriales? Me pregunto si, cuando reciben un manuscrito, lo ojean con verdadera atención o si aplican esta técnica como quien mira un escaparate en hora punta. Una sospecha ronda siempre a quienes escribimos: ¿habrá alguien que lea de verdad ese manuscrito que costó años y desvelos? ¿O decidirán su destino con un barrido rápido, un par de párrafos y una intuición apresurada? Porque si ya es arriesgado en un concurso, en una editorial el riesgo es mayor: una lectura demasiado veloz puede dejar fuera a autores que merecían un lugar.

Y de repente me viene a la cabeza otra pregunta, en un guiño a este siglo XXI: esos creadores de contenido literario en TikTok que pasan horas promocionando libros que aseguran haber leído…

¿También dominan la lectura en diagonal? ¿O han inventado su propio método para devorar textos, con los ojos saltando de línea en línea como si fueran acrobacias digitales?

Claro que leer en diagonal no es, en sí, una falta de respeto hacia el texto ni un crimen contra la literatura —aunque más de un purista haya levantado la ceja como si hablara del apocalipsis cultural—. Es una técnica útil, una técnica que surge a mediados del siglo XX, con la expansión de la educación y la información escrita, que hoy, en plena tormenta de información, se ha convertido casi en herramienta de supervivencia. Os recomiendo: Lectura Rápida. Método completo de lectura veloz y comprensiva de Roberto García Carbonell. Un texto en castellano que reúne técnicas y ejercicios pensados para quienes necesitan procesar información rápida sin perder del todo comprensión.

La panorámica frente al detalle: la lectura en diagonal como un viaje sin paradas.

Pero como todo arte, requiere saber cuándo usarlo… y cuándo no utilizarlo.

Porque seamos honestos: ningún ser humano en su sano juicio puede absorber la avalancha de correos, informes, artículos y mensajes que la vida moderna nos envía diariamente. Por eso, sin darnos cuenta, hemos desarrollado esa habilidad.

Leer en diagonal implica deslizar la mirada sobre el texto buscando señales: palabras clave, ideas centrales, frases que brillan o alertas en rojo que nos dicen “aquí está lo importante”. Es como contemplar un paisaje desde un tren en movimiento: no captas cada detalle, pero sí una panorámica general.

No se trata solo de pasar los ojos por encima, sino de leer selectivamente.
Ese radar interno funciona… pero no sirve para todo. Y desde luego, no debería ser el único criterio ni para premiar una obra ni para decidir si un libro merece existir en una editorial.

Hay quienes ven en el skimming —tengo que hacer un inciso forzoso:anglicismo que significa lo que toda la vida fue “ojear”. Desde aquí recomiendo, pido, imploro utilizar nuestro castellano y no querer “ennoblecerlo” con extranjerismos, ya está bien de boicotearnos a nosotros mismos, perdón por este paréntesis— una amenaza para la comprensión profunda, y tienen razón… a medias. Un poema, una novela o una carta que nos desnuda o emociona no deberían leerse a saltos.

Es verdad que practicarlo mejora la velocidad lectora y ayuda a priorizar, pero abusar de la técnica nos limita apreciar los matices, tan importante en una obra literaria. Y quizá, quién sabe, puede dejarnos sin la próxima gran novela por culpa de un vistazo apresurado.
La clave es elegir bien: cuándo aligerar… y cuándo detenerse.

En un mundo que nos empuja a ir deprisa, a leer deprisa, a vivir deprisa, la lectura en diagonal se vuelve una tabla de salvación en muchas ocasiones. Nos permite surfear la superficie de lo urgente sin ahogarnos en cada detalle. Es útil, es práctica, es casi necesaria. Pero al mismo tiempo es una renuncia: una forma de mirar el océano sin mojarse.

La verdadera literatura, esa que nos cambia por dentro, no se deja capturar en diagonal. Exige presencia, tiempo, una atención casi amorosa. Nos invita a bajar del tren, caminar por la orilla, y descubrir que donde antes solo veíamos un bosque rápido, ahora hay raíces, sombras, criaturas, flores que solo aparecen cuando una se detiene de verdad.

La lectura lenta: el único refugio donde el alma logra hacer pie.

Ahí está la paradoja: leer en diagonal nos salva del exceso, pero solo la lectura lenta nos salva del vacío. Y quizá el equilibrio esté en saber cuándo, simplemente, rozar las páginas… y cuándo quedarnos dentro de una lectura que nos pide tiempo.

Y con esa certeza —la de saber elegir el ritmo— inauguro este primer artículo del año en mi columna quincenal, ‘El oficio de mirar’. Porque mirar también es decidir dónde detenerse, qué merece tiempo y qué debe pasar de largo. Que este 2026 nos encuentre más atentos que veloces, más curiosos que exhaustos, más lectores que perdidos en el ruido. Y que sepamos leer la vida despacio… y sin perderla nunca de vista.

Feliz 2026

Nuria Ruiz Fdez. — Escritora
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