Cuando aumentar plantillas no reduce la presión asistencial, el problema deja de ser numérico y pasa a ser estructural y psicológico.
HoyLunes – Durante los últimos años, las administraciones sanitarias han insistido en un mensaje tranquilizador: hay más profesionales que antes. Las cifras, en términos absolutos, parecen confirmarlo. Sin embargo, el cansancio no disminuye, la sensación de saturación persiste y la vocación —lejos de fortalecerse— muestra signos de desgaste.
La pregunta es inevitable: ¿por qué más personal no se traduce en menos agotamiento?

El error de confundir cantidad con capacidad
Incrementar el número de profesionales es una medida necesaria, pero no suficiente. Cuando el marco organizativo permanece intacto, los nuevos recursos se integran en un sistema ya tensionado y acaban asumiendo dinámicas que reproducen el problema original.
La OCDE ha advertido que el aumento de personal sanitario sin reformas organizativas profundas tiende a diluir su impacto real.
La carga invisible: más allá del acto clínico
El agotamiento no proviene solo del número de pacientes atendidos. Proviene de una acumulación de factores que rara vez aparecen en los balances oficiales:
Sobrecarga administrativa.
Falta de autonomía en la toma de decisiones.
Escasa participación en el diseño de los circuitos asistenciales.
Presión constante por cumplir indicadores que no siempre reflejan calidad clínica.
La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo identifica estos factores como detonantes principales del desgaste profesional en el sector sanitario.
La psicología del profesional sanitario
El personal sanitario no se agota únicamente por trabajar mucho, sino por «trabajar sin sentido de control». La literatura en psicología organizacional es clara: cuando la exigencia supera la capacidad percibida de influir en el propio trabajo, aparece el agotamiento emocional.
La Organización Mundial de la Salud reconoce el burnout como un fenómeno ocupacional ligado a contextos laborales mal estructurados.
En sanidad, esta percepción se intensifica porque el trabajo tiene una carga moral elevada: no cumplir expectativas no se vive como un fallo operativo, sino como un fallo personal.
El espejismo del refuerzo puntual
Contratos temporales, refuerzos estacionales o ampliaciones parciales de jornada alivian picos concretos, pero no modifican la experiencia cotidiana del profesional. Al contrario, pueden generar:
Fragmentación de equipos.
Pérdida de continuidad asistencial.
Sensación de provisionalidad constante.
El Observatorio Europeo de Sistemas Sanitarios señala que la estabilidad de los equipos es un factor clave para reducir el desgaste y mejorar resultados clínicos.

Impacto a medio plazo: una alerta silenciosa
Cuando el agotamiento se normaliza, el sistema entra en una fase peligrosa:
Aumento de bajas laborales.
Abandono precoz de la profesión.
Menor atracción de nuevos profesionales.
Pérdida de conocimiento acumulado.
No es una crisis inmediata, sino «una erosión progresiva».
Mirada comparada: qué hacen otros sistemas
En países como Suecia o Canadá, el foco se ha desplazado hacia:
Reducción de tareas no clínicas.
Mayor autonomía organizativa de los equipos.
Espacios formales de participación profesional.
Evaluación de calidad basada en resultados clínicos y no solo en volumen.

Estos enfoques han mostrado mejoras sostenidas en satisfacción profesional
Más profesionales son imprescindibles. Pero sin revisar cómo se trabaja, para qué se trabaja y con qué margen de decisión, el refuerzo humano acaba absorbido por una estructura que no cambia.
La sanidad no necesita solo más manos: necesita marcos que permitan sostenerlas.
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