La trampa de lo inmediato: Distinguiendo placer de felicidad

La Danza Engañosa de lo Inmediato: Desentrañando el Placer Efímero de la Felicidad Profunda y Duradera.

 

Por Claudia Benítez

HoyLunes – En el lenguaje cotidiano, placer y felicidad suelen usarse como sinónimos. Sin embargo, aunque están relacionados, se trata de experiencias profundamente distintas, buscar aquello que te hace sentir bien, evitar el dolor y repetir las experiencias agradables parece una fórmula lógica. Sin embargo, con el tiempo el placer, aunque intenso y necesario, no bastaba para sostener una sensación profunda de bienestar. Algo falta, incluso cuando todo “va bien”. Es por eso que comprender la diferencia entre ellas es un ejercicio necesario para reflexionar sobre la forma en que vivimos y tomamos decisiones.

El placer es una sensación inmediata, ligada al cuerpo, a los sentidos, unido al sistema de recompensa que se forma en nosotros: apareciendo como una respuesta inmediata ante estímulos concretos los cuales producen una sensación agradable que el cerebro registra y desea repetir. Su característica principal es la brevedad, la respuesta se adapta rápidamente. El placer aparece, se disfruta y desaparece con rapidez, dejando el deseo de repetir la experiencia. Lo que ayer generaba entusiasmo hoy apenas provoca satisfacción. El placer, por su propia naturaleza, es efímero y exige renovación constante. Por eso, cuando se convierte en el objetivo principal de la vida, genera dependencia, insatisfacción o una constante búsqueda de estímulos cada vez más intensos.

La humanidad lleva siglos advirtiendo sobre esta trampa, diferenciar la vida orientada al placer de la vida orientada al sentido. La felicidad se construye en el tiempo, no depende exclusivamente de momentos agradables ni de estímulos externos. No es un pico emocional, sino una forma de habitar la vida. Desde esta mirada, la felicidad no consiste en sentirse bien todo el tiempo, sino en sentir que lo que uno vive tiene coherencia y valor. Es un estado más profundo y duradero, relacionado con el sentido que damos a nuestra vida, la coherencia entre lo que pensamos, sentimos, hacemos y la calidad de nuestros vínculos.

Atrapado en el ciclo: La gratificación instantánea a menudo nos deja vacíos, buscando la próxima dosis de placer en un mar de estímulos efímeros.

Esta diferencia se vuelve evidente en los momentos difíciles. Hay experiencias que no son placenteras —el esfuerzo, la pérdida, la renuncia, la responsabilidad— y que, sin embargo, pueden contribuir a una felicidad más profunda si percibimos que nuestra vida tiene propósito y dirección. Cuidar a alguien, sostener un compromiso o trabajar por un objetivo significativo suele implicar incomodidad, pero también nos fortalece la autoestima y construimos la sensación de propósito.

El placer suele ser individual, mientras que la felicidad casi siempre incluye a otros. Compartir, amar, contribuir y sentirse parte de algo más grande que uno mismo fortalece la sensación de bienestar a largo plazo. Sentirse auténticos, fiel a lo que somos y a lo que consideramos valioso resulta más determinante que la búsqueda constante de placer.

Los problemas surgen cuando se confunde la acumulación de placeres con la felicidad. En una sociedad que promueve el consumo rápido y la gratificación inmediata, es fácil creer que ser feliz equivale a sentir placer constante. Sin embargo, esta búsqueda suele conducir al vacío, ya que ningún placer es suficiente por sí solo para sostener el bienestar emocional.

Placer y felicidad: dos senderos entrelazados, pero solo uno nos guía hacia una vida consciente y plena, donde el sentido supera la simple satisfacción.

Reconocer la diferencia entre placer y felicidad no implica rechazar el placer, sino ubicarlo en su justa medida. El placer puede enriquecer la vida, pero la felicidad se construye con sentido, compromiso y autenticidad. Aprender a distinguirlos es, quizás, uno de los pasos más importantes para vivir de manera más plena y consciente.

Confundir placer con felicidad lleva a una carrera sin fin, donde cada satisfacción es breve y cada vacío exige ser llenado rápidamente.

Reconocer su diferencia no implica renunciar al placer, sino dejar de pedirle lo que no puede dar. El placer embellece la vida; la felicidad le da profundidad. Tal vez el verdadero equilibrio consista en disfrutar el primero sin perder de vista la segunda.

Claudia Benitez. Licenciada en Filosofía. Escritora.  

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