HTA: El filtro silencioso que decide qué innovación médica merece existir

Cuando evaluar tecnología sanitaria deja de ser un acto técnico y se convierte en una decisión de poder.

 

HoyLunes – Durante años, la evaluación de tecnologías sanitarias (Health Technology Assessment, HTA) se ha presentado como el mecanismo racional que protege a los sistemas públicos de salud de decisiones precipitadas, gastos ineficientes y promesas tecnológicas sin respaldo clínico. En teoría, es el antídoto contra la improvisación. En la práctica, es algo más complejo —y más incómodo—: un **filtro estructural** que decide qué innovación entra, cuál espera y cuál desaparece en silencio.

La HTA no suele protagonizar titulares ni ruedas de prensa. No inaugura plantas ni corta cintas. Sin embargo, en sus informes se juega algo decisivo: «qué tecnologías llegan al quirófano, al diagnóstico o al tratamiento… y cuáles no», independientemente de su mérito científico.

La ilusión de la neutralidad técnica

Formalmente, la HTA evalúa eficacia clínica, seguridad, coste-efectividad e impacto organizativo. Pero ningún proceso de evaluación es neutral cuando opera dentro de sistemas con recursos limitados, intereses acumulados y marcos regulatorios desiguales.

Evaluar no es solo medir: es **priorizar valores**.
¿Se premia la innovación incremental o la disruptiva?
¿La evidencia perfecta o la mejora plausible?
¿La rapidez o la certeza absoluta?

Estas decisiones rara vez se formulan como políticas. Se esconden bajo el lenguaje de la metodología. La propia Organización Mundial de la Salud reconoce que la HTA es, además de una herramienta técnica, un instrumento de gobernanza sanitaria, con efectos directos sobre el acceso y la equidad (OMS – Health Technology Assessment).

Cuando la evaluación dura años, la tecnología ya ha cambiado.

El coste invisible: el tiempo como barrera

Uno de los elementos menos analizados de la HTA es el «tiempo».
Años de evaluación, reevaluación, informes adicionales y decisiones fragmentadas convierten el calendario en una moneda silenciosa.

Para grandes multinacionales, el tiempo es un coste asumible. Para startups, universidades o proyectos públicos-privados pequeños, puede ser letal. Una tecnología puede ser clínicamente válida y económicamente razonable, pero «morir por agotamiento regulatorio» antes de llegar al paciente.

La OCDE lleva años advirtiendo que procesos largos de evaluación, sin mecanismos adaptativos, pueden frenar la innovación útil sin mejorar necesariamente la calidad de las decisiones (OECD – Health Technology Assessment).

Aquí surge una pregunta incómoda:
¿protege el sistema al paciente o protege su propia inercia?

Caso de estudio: cuando el software envejece antes de ser evaluado

El conflicto se vuelve evidente en el ámbito de la «salud digital y la inteligencia clínica basada en software». Estas tecnologías evolucionan cada seis o doce meses: nuevos algoritmos, nuevas bases de datos, mejoras continuas de precisión.

Sin embargo, el proceso de evaluación que determina su financiación o adopción pública puede extenderse «dos o tres años». El resultado es paradójico: cuando la tecnología obtiene finalmente una decisión, «ya no es la misma que fue evaluada».

No se trata de un fallo anecdótico, sino de una incompatibilidad estructural entre ciclos de innovación rápidos y marcos evaluadores diseñados para tecnologías estables, como fármacos o dispositivos clásicos. En este contexto, la HTA corre el riesgo de convertirse en un mecanismo que certifica el pasado mientras el presente avanza sin ella.

HTA y desigualdad estructural

La desigualdad que genera la HTA no se limita a los pacientes. Opera también entre países, regiones y actores tecnológicos. Los sistemas con mayor músculo administrativo pueden absorber la complejidad evaluadora. Los más pequeños quedan relegados.

En Europa, la armonización de la HTA avanza lentamente. Mientras tanto, una misma tecnología puede ser aceptada en un país y retrasarse durante años en otro. No por falta de evidencia, sino por «diferencias de interpretación, prioridades presupuestarias o capacidad institucional».

El Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas de Salud ha señalado que estas asimetrías afectan directamente a la soberanía tecnológica y a la equidad en el acceso (European Observatory on Health Systems and Policies).

Evaluar también es elegir qué llega… y qué queda fuera.

Las soluciones existen, pero exigen cambiar la lógica

El debate internacional ya no gira en torno a si la HTA debe cambiar, sino «cómo hacerlo sin sacrificar rigor». Entre las propuestas más debatidas se encuentran:

Evaluación dinámica: procesos continuos que se actualizan conforme la tecnología evoluciona, especialmente en software médico y salud digital.

Acceso temprano bajo evidencia (Managed Entry Agreements): permitir la adopción controlada de una tecnología mientras se genera evidencia en condiciones reales.

Reevaluaciones programadas: decisiones no definitivas, sujetas a revisión obligatoria a los 12 o 24 meses.

Estas herramientas no eliminan la evaluación; la hacen compatible con la innovación. Países como Alemania, Reino Unido o Canadá ya exploran estos modelos en distintos grados, reconociendo que «esperar a la evidencia perfecta también tiene un coste clínico y social»
(NICE – Managed Access Agreements).

El dilema que nadie formula

La pregunta central rara vez se escribe con claridad:

Si una innovación médica no puede esperar cinco o siete años para ser evaluada,
¿debe adaptarse el sistema… o debe desaparecer la innovación?

No es una cuestión teórica. Es el dilema cotidiano de tecnologías que podrían reducir costes, mejorar resultados o ampliar el acceso, pero que quedan atrapadas entre la prudencia institucional y la lentitud estructural.

Un sistema que evalúa bien pero tarde puede ser tan dañino como uno que decide rápido y mal.

Más allá de la técnica: una decisión política encubierta

La HTA seguirá siendo necesaria. Nadie sensato propone eliminarla. Pero tratarla como un proceso puramente técnico impide debatir lo esencial: qué tipo de innovación queremos permitir y a qué ritmo.

Mientras no se reconozca que la evaluación también distribuye poder —entre actores, países y modelos de negocio—, el debate seguirá incompleto. Y las decisiones, aunque bien intencionadas, seguirán produciendo efectos no declarados.

España y Europa no solo necesitan mejores tecnologías sanitarias. Necesitan «marcos de evaluación capaces de convivir con la innovación que dicen querer promover».

Priorizar valores: decidir qué innovación merece existir es, ante todo, una decisión política.

Fuentes de referencia

Organización Mundial de la Salud (OMS) – Health Technology Assessment

[https://www.who.int/teams/health-product-policy-and-standards/assessment]

OCDE – Health Technology Assessment

[https://www.oecd.org/health/health-systems/health-technology-assessment.htm]

European Observatory on Health Systems and Policies

[https://eurohealthobservatory.who.int/]

NICE – Managed Access Agreements

[https://www.nice.org.uk/about/what-we-do/our-programmes/nice-guidance/nice-technology-appraisal-guidance]

 

#DecidirSalud

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