Desafiando la pretensión de una razón única: la danza entre la coherencia social, la diversidad individual y la constante redefinición de lo «normal».
Por Claudia Benítez
HoyLunes – A lo largo de nuestro desarrollo hemos buscado una estructura racional que nos permita comprender y construir nuestra realidad, así como predecir nuestro comportamiento. Lo hemos intentado mediante sistemas lógicos que prometen orden, previsibilidad y explicación. Sin embargo, nuestra experiencia cotidiana revela que no respondemos a una lógica única y definida, sino a una red compleja de factores que se entrecruzan y, a menudo, se contradicen. Emociones, contextos sociales, experiencias previas y marcos culturales interactúan constantemente en nuestras decisiones. En este escenario de diversidad e inestabilidad, surge la noción de normalidad como una necesidad de sobrevivencia colectiva más que como una verdad objetiva.

Solemos asumir que actuar con lógica implica tomar decisiones son coherentes, estables y predecibles, ignorando la naturaleza cambiante del ser humano. No obstante, basta observar nuestras propias acciones para advertir lo contrario. Una misma persona puede defender una idea con firmeza y, en otra situación, actuar de manera opuesta sin sentir necesariamente una contradicción interna. Esto no constituye un fallo del pensamiento humano, sino una expresión de su complejidad. Cada individuo organiza su mundo interno de manera singular, con prioridades, valores y formas de interpretar la realidad que no pueden reducirse a un esquema universal. Pretender una sola lógica válida no solo simplifica en exceso la naturaleza humana, sino que puede favorecer la incomprensión y el juici erróneo de quienes piensan o actúan de forma diferente.
En la vida social, donde los comportamientos son múltiples y a menudo contradictorios, se vuelve necesario un marco de referencia compartido que reduce la incertidumbre y facilita la interacción. En este contexto, la lógica deja de ser únicamente un proceso individual y se articula como norma. La idea de normalidad funciona como un acuerdo colectivo implícito que permite la convivencia: no describe con precisión cómo son los individuos, sino cómo conviene que se comporten y reflexionen para que la vida en comunidad sea posible.
La vida social exige ciertos patrones estables — objetivos, normas tácitas y valores comunes — que traduzcan la complejidad individual en conductas comprensibles para los demás. En este sentido, la normalidad, entendida como sentido común o lógica social, opera entonces como una herramienta de coherencia relacional.

Además, la lógica no siempre ocupa un lugar central en nuestras elecciones. El miedo, el deseo, la intuición o la costumbre pueden pesar más que cualquier razonamiento estructurado. Con frecuencia, justificamos racionalmente una decisión solo después de haberla tomado, construyendo una explicación que le otorgue coherencia a aquello que nació de impulsos no lógicos. Este fenómeno pone en evidencia que la lógica no es necesariamente el motor de la acción, sino una herramienta posterior para dotarla de sentido.
Este proceso no está exento de tensiones. Lo que se considera normal en un momento histórico o en una cultura específica puede volverse problemático en otro. La normalidad no es fija ni universal; se redefine continuamente según las necesidades del grupo. Cuando se hace inflexible, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de exclusión, considerando enfermo o patológico aquello que se desvía del consenso dominante, incluso cuando dicha desviación sea una expresión legítima de la diversidad humana.
El ser humano no es una ecuación con una única solución. Somos seres dinámicos, contradictorios y cambiantes, cuya riqueza radica precisamente en no obedecer a una lógica rígida. Reconocer esta multiplicidad no elimina el valor de la razón, sino que la sitúa en su justo lugar: como una parte más y no la totalidad, de lo que somos.

Así, no debemos confundir la lógica con la verdad ni con la naturaleza.
La lógica no es más que un procedimiento intelectual para justificar la realidad y la acción; una construcción social orientada a sostener la coherencia mínima necesaria para la vida en sociedad, siempre como un compromiso inestable entre obediencia colectiva y desarrollo del pensamiento. Reconocer que no respondemos a una lógica única permite cuestionar los límites de lo normal sin desestabilizar la convivencia.
Comprenderlo abre la posibilidad de comunidades más flexibles, capaces de integrar la diferencia sin renunciar al orden, entendiendo que la coherencia social no exige homogeneidad, sino acuerdos siempre revisables.

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