Crónica de una traición familiar, un robo estival y el duelo por una compañera insustituible.
Por José Antonio López Rastoll
HoyLunes – Su tamaño mediano la convertía en una compañera fiel para pasear por el bosque de farolas y semáforos. Se dividía en dos compartimentos, uno grande destinado a la botella de agua o el pañuelo —siempre he sido maniático con la garganta— y otro menor donde guardaba una libretita azul. Era tan cómoda que no me la quitaba ni para soñar.
A mi hijo se la presentó su abuela, o sea, mi madre uno de los últimos
veranos que pasamos en la casa de Guardamar. Al principio, hubo solo miradas. Roces. Qué guapa. Qué suerte. Un día me la dejas, vil rata de alcantarilla… digo cariño. La vida es francamente injusta: la mochila de Pepe Jeans debería haber sido mi novia, pues por algo me llamo José Antonio.
Años después, se la pedí prestada al chaval y nunca se la devolví. No
pareció importarle.
La vida es francamente injusta: la mochila de Pepe Jeans debería haber sido mi novia, pues por algo me llamo José Antonio.
José Antonio López Rastoll
Me la robaron el verano pasado en un restaurante. Mi mujer me ayudó a registrar los contenedores de medio barrio en una noche aciaga que jamás olvidaré. Se la había tragado la tierra.

El policía que redactó la denuncia se apodaba Chico. Con los nervios, no recordé la marca de la mochila. Llamé a comisaría esa misma tarde, pues aún creía que aquel dato sería valioso. Me informaron de que el agente no estaba de servicio. Una pena negra. Me habría gustado preguntarle por el resto de los hermanos Marx.
Dicen que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, pero yo no perdono. Mi mochila negra de Pepe Jeans sigue en alguna parte, haciéndole sentir, como una princesa nubia, el hombre más afortunado del mundo.

