De la salsa de Luis Enrique a la lección de los «pecados»: una reflexión sobre las contradicciones de la vida.
Por Elia Villalba
HoyLunes – La espléndida salsa «Así es la vida«, interpretada por Luis Enrique, es un gráfico ejemplo de cómo, dependiendo del aderezo vital que predomine, la misma situación nos puede resultar dulce, agria e incluso amarga; y de cómo la pura contradicción que muchas veces define la vida la relativiza, así como a la dicotomía maniquea que le es intrínseca.
Así, la letra de la composición musical dice de forma magistral: «…para algunos la muerte es un golpe fatal y terrible, para otros tan solo un boleto a la libertad; el que lleva dinero le pide al Señor que le cuide, y el que roba le pide al Señor que le deje robar...» (esta última afirmación me recuerda a cómo me rompió los esquemas un documental sobre sicarios, en el que se relataba cómo rezaban e inclusive se encomendaban a los santos para salir airosos de sus actuaciones criminales). La canción sigue diciendo: «…con un beso se puede expresar el amor más profundo, con un beso Judas Iscariote a Cristo vendió…», para concluir con una sentencia un tanto enigmática: «…aunque todo se hace difícil de aceptar, todo tiene su razón de ser».

Perry Smith, el asesino con el que supuestamente Truman Capote estableció una íntima relación —reflejada con sensibilidad exquisita en la película Historia de un crimen—, hablando sobre su suerte se planteaba abiertamente la cuestión: «¿Qué es el mal?», respondiéndose a sí mismo con la afirmación de que, siendo su vida fuera de la cárcel peor que dentro y su trayectoria en el mundo tan dura, el rigor de la estancia en prisión y de su condena a muerte resultaba ostensiblemente minimizado. Si a ello le añadimos que, gracias a esta desafortunada situación, conoció al autor de A sangre fría, cuyo encuentro, como da a entender, cubre por fin el anhelo que otorga sentido a su vida, queda anticipadamente ilustrada la tesis que da título a este artículo.
Otra vertiente positiva del mal aparente es cuando nos vemos envueltos en circunstancias devastadoras que, como una llama incombustible, devoran toda la falsedad e inconsistencia de nuestra vida. Tómese por ejemplo un millonario, rodeado siempre de aduladores y aprovechados que le hacen vivir en un mundo absolutamente ilusorio, que cae en la ruina: el espejo le devuelve a la soledad de una realidad muy distinta a la tejida por las lisonjas de sus embaucadores, descubriendo a los pocos que permanecen a su lado en la adversidad porque le aman de verdad; o la historia personal de alguien que en su desgracia descubre en sí mismo unas capacidades insospechadas de las que, en otro caso, no hubiera podido tomar conciencia.
Las cualidades de polaridad negativa pueden transformarse en armas de crecimiento personal cuando encauzamos esas fuerzas hacia la autosuperación.
Elia Villalba
Las cualidades y acciones con polaridad negativa a priori pueden utilizarse como instrumentos para el bien. Por ejemplo, la murmuración y el cotilleo que per se no son nada deseables, cumplen sin pretenderlo una poderosa función de control social, pues a todo «bicho viviente», se diga lo que se diga, le importa, por poco que sea, su proyección pública y lo que piense de él el vecino de enfrente. Toda persona, incluso actuando bien en el ámbito privado, lo hace mucho mejor si hay alguien mirando, con lo cual —sin exageraciones tales como el monopolio estatal de la privacidad al estilo del Gran Hermano de 1984 o los movimientos de cancelación social ante la más mínima sospecha de infracción de cualquier índole, dirigidos de forma arbitraria, interesada o incluso equivocadamente bienintencionada por determinados grupos, que constituirían un uso totalitario de estas herramientas—, bien utilizadas cumplen una misión ética y moral en el mejor de los sentidos.

Otro ejemplo de «pecado» bien enfocado (y no deja de ser curioso que, frente a la manida versión que de esta palabra nos ha llegado durante siglos, la voz griega de pecado más utilizada en el Nuevo Testamento, hamartanō, traducida literalmente significa «errar el blanco») podría ser la envidia, que en lugar de llevarnos a denostar a nuestro hipotético adversario, utilizada como motivación para igualar o superar la cualidad o situación del sujeto que nos causa tan deplorable sentimiento, se transforma en arma de crecimiento personal. Y lo mismo se podría decir del odio o la ira: sería mucho más solvente encauzar esas fuerzas humanas desestabilizadoras hacia un afán de superación en lugar de a la destrucción ajena o propia.

