Jacqueline o la autonomía que incomoda incluso a quienes dicen defenderla

Hay una razón profunda por la que ´Jacqueline. La liberté´ incomoda más de lo esperable. No es la eutanasia. Es algo más difícil de aceptar: «una mujer que decide morir sin pedir permiso moral al espectador».

 

HoyLunes – El documental de Rosalía Omil no discute la ley, ni interpela al Parlamento, ni pretende educar a nadie. Y precisamente por eso resulta perturbador. En un espacio público acostumbrado a convertir cualquier decisión extrema en argumento, Jacqueline aparece como un sujeto que «no necesita justificar su final con sufrimiento ejemplar, ni con una narrativa de tragedia».

Durante seis meses, la cámara acompaña su vida cotidiana mientras avanza un proceso que ya ha sido decidido. No hay urgencia. No hay dramatización. No hay redención. Tampoco hay pedagogía. La película no “explica” la eutanasia porque parece asumir algo que rara vez se acepta en el debate sanitario y social: no todo es explicable sin traicionar la experiencia.

Una vida no se resume: se recorre.

En el discurso dominante, la eutanasia suele tolerarse bajo condiciones muy precisas: dolor insoportable, enfermedad irreversible, deterioro evidente. Son criterios comprensibles, necesarios incluso. Pero también son una forma de tranquilizarnos. Funcionan como una frontera moral: aceptamos la decisión solo si encaja en lo que consideramos razonable. Jacqueline no cruza esa frontera; la ignora.

Y ahí surge la verdadera pregunta que la película plantea sin formular:
«¿Defendemos la autonomía personal o solo aquella que nos resulta emocionalmente cómoda?»

Jacqueline no es presentada como víctima, ni como heroína. No es un “caso clínico”. Es una vida larga, consciente de su final, que decide no prolongarse más. Esa normalidad —esa ausencia de excepcionalidad— desarma tanto a los detractores como a muchos defensores bienintencionados de la eutanasia. Porque obliga a admitir algo incómodo: la autonomía real no siempre viene acompañada de un relato tranquilizador.

Una vida no se resume: se recorre.

Desde el punto de vista sanitario, el documental introduce una tensión que rara vez se aborda con honestidad. El sistema está diseñado para evaluar, proteger, verificar. Todo eso es imprescindible. Pero ‘acompañar’ una decisión sin apropiarse de ella es otra cosa. Requiere renunciar al control del sentido. Y eso es algo que ni la política pública ni el discurso médico dominan bien.

El dispositivo técnico elegido —dos cámaras pequeñas, sin luces, sin equipo— no es una decisión estética neutra. Es una posición ética clara: «no convertir el final de una vida en un objeto de consumo emocional». La cámara observa, pero no dirige. Está presente, pero no manda. En un tiempo donde incluso la muerte tiende a espectacularizarse, esta contención resulta casi radical.

Lo más incómodo de ‘Jacqueline. La liberté’ no es lo que muestra, sino lo que se niega a hacer. No ofrece consuelo. No propone un marco moral cerrado. No invita a aplaudir ni a indignarse. Obliga a sostener una pregunta sin resolverla. Y eso, en una cultura saturada de opiniones rápidas, es casi un acto de resistencia.

El final también puede ser un acto consciente.

Quizá por eso esta película no encaja bien en los circuitos habituales del debate. No sirve como bandera. No se deja instrumentalizar fácilmente. Y, sin embargo, plantea una cuestión que el debate sobre la eutanasia suele evitar: ¿somos capaces de escuchar una decisión final sin intervenir, corregir o domesticar su significado?

Ignorar esta película es sencillo. Integrarla de verdad en una reflexión madura sobre dignidad, salud y final de vida exige algo menos frecuente: aceptar que hay decisiones que no vienen a enseñarnos nada, sino a «ponernos límites como espectadores, como profesionales y como sociedad».

Y quizá ese sea su mayor valor.

 

#DecidirSinRuido #RosalíaOmil

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