Mujeres que llegaron a urgencias con un infarto y fueron escuchadas como si sufrieran otra cosa. La historia de un sesgo científico que nació en los datos, se instaló en los protocolos y todavía condiciona millones de diagnósticos en todo el mundo.
Por Ehab Soltan
HoyLunes – Marta tiene 55 años, trabaja en el sector educativo y sale a correr tres veces por semana. No fuma, mantiene el colesterol a raya y no carga con antecedentes familiares de cardiopatía. Por todo eso, cuando un martes por la tarde sintió un cansancio plomizo en los hombros y una náusea persistente, pensó que el almuerzo le había caído mal. No le dio importancia. Sin embargo, al caer la noche, un sudor frío y una presión extraña en la mandíbula la obligaron a ir a urgencias.
En la sala de triaje, Marta explicó lo que le pasaba: una fatiga que la ahogaba, falta de aire y malestar en el estómago. No había rastro del dolor opresivo en el pecho ni del pinchazo que se extiende hacia el brazo izquierdo. El médico de guardia, tras doce horas de turno, comprobó sus constantes. La presión arterial estaba algo alta, pero el electrocardiograma inicial no mostraba la clásica elevación del segmento ST. Para colmo, las primeras analíticas de sangre tampoco arrojaron una subida clara de las troponinas u otros biomarcadores cardíacos, algo habitual en las primeras etapas de ciertos eventos coronarios. Incluso para los ojos más expertos, este inicio es un verdadero rompecabezas. Convencido de que el estrés laboral le estaba jugando una mala pasada en forma de crisis de ansiedad y reflujo, el médico le recetó un ansiolítico y la mandó a casa.
Seis horas después, Marta volvía al hospital en ambulancia, en pleno choque cardiogénico. Lo suyo no era un ataque de pánico; era un infarto agudo de miocardio.

Las enfermedades cardiovasculares se mantienen como la primera causa de muerte entre las mujeres en gran parte del mundo, aunque durante décadas se arrastró la falsa creencia de que eran un problema casi exclusivo de los hombres. Lo que le ocurrió a Marta no nace de una negligencia aislada, sino de un bache histórico en los datos que sostienen la medicina moderna. Durante generaciones, la investigación biomédica tomó al varón adulto como el molde universal, arrastrando la idea inconsciente de que el cuerpo femenino era una simple réplica con hormonas.
«Las mujeres no enferman peor; enferman de forma diferente. El verdadero peligro no está en el corazón de la paciente, sino en los ojos de un sistema que busca el patrón equivocado».
El síntoma invisible: La física de un corazón diferente
La razón por la que el infarto de Marta pasó desapercibido en el primer examen se esconde en los mecanismos biológicos de la enfermedad cardiovascular femenina. La cardiología tradicional se construyó sobre el patrón macrovascular del hombre: una obstrucción brusca en una de las arterias coronarias principales debido a la rotura de una placa de ateroma. Ese bloqueo severo es el que provoca el conocido signo de Levine, donde el paciente se lleva el puño cerrado al pecho por el dolor.
Sin embargo, los estudios demuestran que en las mujeres entran en juego otros factores. Es mucho más frecuente encontrar cuadros de disfunción microvascular coronaria, erosión de la placa (en lugar de rotura) o síndromes coronarios sin obstrucción significativa de las arterias coronarias (conocidos como MINOCA, por sus siglas en inglés), anomalías que, aunque también se dan en hombres, tienen un peso mayor en el sexo femenino. Al cambiar la mecánica de la lesión, la forma en que los nervios transmiten el dolor también toma otra ruta. Aparecen entonces los llamados «equivalentes anginosos»:
Falta de aire (disnea): Una asfixia progresiva que suele confundirse con cansancio o baja forma física.
Dolor irradiado: Presión o molestias que se desplazan hacia la mandíbula, el cuello o la parte alta de la espalda, entre los omóplatos.
Respuestas del sistema nervioso autónomo: Náuseas, vómitos, sudoración fría y dolor en la boca del estómago, un cuadro que calca a la perfección una gastritis o un ataque de nervios.
Gran parte de este laberinto clínico se manifiesta en el MINOCA. Este tipo de infarto, donde las arterias principales no muestran grandes tapones visibles, desmonta el viejo dogma de que para sufrir un ataque al corazón hace falta una arteria completamente obstrucida.
Cuando los equipos de emergencia están entrenados para buscar el infarto de libro —el masculino—, estas señales se vuelven borrosas y los tiempos de atención se disparan. Los datos reflejan que las mujeres tardan bastante más que los hombres en cruzar la puerta de un hospital desde los primeros síntomas y, una vez allí, la posibilidad de recibir un diagnóstico equivocado es alarmantemente mayor.
Cada minuto perdido es tejido cardíaco que muere. Muchas veces, la frontera entre coger a tiempo un síntoma atípico o descartarlo marca los años de insuficiencia cardíaca que le quedarán por delante a la paciente.

El sesgo de los datos: Una ciencia en evolución
Este desajuste en las consultas no es fruto de la mala fe, sino de la inercia en la producción del conocimiento científico. Durante décadas, los ensayos clínicos apartaron a las mujeres de sus muestras. En 1977, la FDA estadounidense llegó a prohibir la inclusión de mujeres en edad fértil en las fases iniciales de investigación de nuevos fármacos. El veto buscaba protegerlas de posibles daños fetales tras la crisis de la talidomida, pero el remedio dejó secuelas profundas.
«La medicina de precisión se queda en una promesa vacía si se sigue tratando la fluctuación hormonal femenina como un ‘ruido’ estadístico que estropea los laboratorios».
El pretexto para mantenerlas fuera de los laboratorios era que las fluctuaciones del ciclo menstrual introducían demasiadas variables y «ruido» en los resultados. Se consideró más limpio y barato experimentar con poblaciones homogéneas de machos —tanto en animales como en humanos— para luego aplicar esas mismas conclusiones al resto de la especie.
Aunque estas normas cambiaron y la presencia de mujeres en la investigación ha crecido desde los años noventa, los análisis actuales revelan que siguen estando infrarrepresentadas en áreas clave de la cardiología. Por eso, hoy se siguen pautando tratamientos y dosis calculados para el metabolismo del hombre. Las mujeres procesan los fármacos de otra manera: influyen desde las enzimas del hígado hasta una tasa de filtración en los riñones diferente y una mayor proporción de grasa corporal, lo que altera por completo la distribución de los medicamentos de tipo lipofílico. El resultado está en las estadísticas de farmacovigilancia: las mujeres sufren efectos secundarios graves con mucha más frecuencia que los hombres ante los mismos fármacos cardiovasculares.

Hacia una medicina de precisión: Descorrer el velo
La medicina de precisión se queda en una promesa vacía si pasa por alto la variable biológica del sexo. Para los médicos, poner el foco aquí no significa cuestionar su vocación, sino actualizar los manuales de triaje, integrar la perspectiva de sexo y género desde las facultades y exigir una paridad real en los ensayos clínicos de hoy.
La cuestión no es que las mujeres expliquen peor sus síntomas. La cuestión es que durante demasiado tiempo la ciencia dispuso de mejores mapas para interpretar los síntomas masculinos.
Meses después de aquel susto, Marta volvió a calzarse las zapatillas de correr. Sin embargo, lo que se le quedó grabado no fue la sirena de la ambulancia ni las maniobras en el quirófano. Fue una duda muy humana: cuántas mujeres antes que ella habrían descrito exactamente lo mismo frente a un médico sin que nadie lograra entender lo que su corazón intentaba contar.
Fuentes y lecturas recomendadas:
American Heart Association (AHA): Pautas de prevención y diagnóstico de la enfermedad cardiovascular en la mujer.
European Society of Cardiology (ESC): Consensos clínicos sobre el manejo del síndrome coronario agudo y el infarto tipo MINOCA.
National Heart, Lung, and Blood Institute (NHLBI): Estudios sobre la salud de la mujer y diferencias de sexo en patologías coronarias.
British Heart Foundation (BHF): Informes sobre la brecha de género y el retraso diagnóstico en la atención del infarto (Bias Cardiovascular Research).
World Health Organization (WHO): Monitorización global de enfermedades cardiovasculares y determinantes de salud por sexo.
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