Dos epidemias, dos miradas: lo que revela nuestra reacción ante las crisis sanitarias

La geopolítica de la empatía: por qué un caso de hantavirus en un crucero de lujo despierta las alarmas globales mientras miles de víctimas en África Central quedan en la sombra informativa.

 

 

Por Claudia Benitez

HoyLunes – Cuando apareció el hantavirus, una enfermedad contagiosa, en un crucero turístico, la noticia ocupó rápidamente los titulares de todo el mundo. Abrió los informativos y generó un seguimiento casi minuto a minuto. Los pasajeros fueron confinados en sus camarotes y se organizó la búsqueda de algunas personas que habían desembarcado del buque antes de que se activara la alerta mundial. Todo ello convirtió el caso en el centro de la atención mediática.

La balanza de la atención global.

En contraste, la cobertura de la epidemia de ébola, que afecta a regiones enteras de África Central, sigue siendo mucho más limitada, menos constante y, en muchos casos, desaparece rápidamente de la agenda internacional.

Esta diferencia de trato plantea preguntas incómodas sobre cómo el mundo percibe el sufrimiento humano, cómo aborda los problemas sanitarios cuando estos están condicionados por las políticas sociales y económicas de los países en los que se manifiestan, y qué factores determinan la importancia que concedemos a una crisis sanitaria.

La primera línea invisible.

 

«La diferencia en la cobertura mediática plantea una pregunta incómoda: ¿por qué el mundo percibe el sufrimiento humano según el pasaporte de las víctimas?»

 

El brote de hantavirus afectó a un número reducido de personas, muchas de ellas procedentes de países desarrollados y con acceso a sistemas sanitarios avanzados. La presencia de turistas occidentales facilitó la identificación del público con las víctimas. Además, los medios encuentran una historia fácil de narrar: un espacio cerrado, pasajeros confinados y una amenaza invisible que genera tensión y dramatismo.

Por el contrario, la epidemia de ébola, que periódicamente azota países de África Central, afecta a comunidades que ya viven en contextos marcados por la pobreza, la inestabilidad política y la fragilidad de las infraestructuras sanitarias. Aunque el número de afectados y la tasa de mortalidad son mucho mayores, esta tragedia, que se desarrolla a más de 3.000 kilómetros de Kinshasa, tiene lugar lejos de los principales centros de poder económico y mediático. Como resultado, recibe menos atención sostenida y menos recursos internacionales de los que probablemente merece. El tema ha vuelto a ocupar la atención pública tras la detección de algunos casos sospechosos en Brasil e Italia.

No se trata de restar importancia al impacto de una epidemia en un crucero ni de cuestionar la legítima preocupación por la salud de sus pasajeros. Toda vida humana merece la misma consideración. El problema surge cuando la intensidad de nuestra atención depende de dónde se encuentran las víctimas, más que de la magnitud real de la crisis.

La primera línea invisible.

 

«Las enfermedades no distinguen entre fronteras o ingresos económicos, pero nuestra empatía colectiva parece que sí lo hace».

 

Las enfermedades no distinguen entre nacionalidades, ingresos o continentes. Nuestra reacción colectiva sí parece hacerlo. La disparidad en la cobertura mediática entre un brote que afecta a turistas y otro que diezma comunidades africanas pone de manifiesto desigualdades profundas en la manera en que se construye la empatía y se presta ayuda.

Si la salud realmente es un derecho universal, también debería serlo nuestra capacidad de indignarnos, movilizarnos y actuar ante el sufrimiento humano, sin importar dónde se produzca. Las epidemias nos recuerdan que vivimos en un mundo interconectado; la solidaridad internacional, por su parte, debería recordarnos que todas las vidas tienen valor.

Claudia Benitez. Escritora

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