Todo el mundo en algún momento de su vida ha escuchado ciertas palabras que pese a su pretendida inocuidad han transformado por completo su percepción del mundo.
Por Elia Villalba
HoyLunes – A mí me ocurrió pasada ya la adolescencia en una acampada, cuando sin malicia alguna en la complicidad de aquellas reuniones nocturnas dispuestos en círculo en el calor de una noche de verano, uno de los amigos se aventuró a deslizarse por la ambigüedad resbaladiza de una confidencia aparentemente intrascendente pero que expresada en un estadio más adulto y según el contexto, habría tenido muy distinta acogida.
Parece que le estuviera escuchando a día de hoy cuando con la sinceridad descarnada de la juventud confesaba cómo en cierta ocasión que caminaba por la inmensidad de un parque, amparado en la falsa sensación de impunidad provocada por la soledad del lugar y su posición supuestamente ventajosa, sintió una inclinación inapropiada y desconocida hasta el momento, de acercarse inadecuadamente a una muchacha que en aquel momento hacía deporte por la zona, mas no con la dimensión de un acto execrable nacido de la perversión y de irreversibles consecuencias, sino más bien como una “inofensiva” diablura en forma de caricia robada motivada más por vulnerar lo proscrito que por cualquier otro impulso y que en aquella época de los ochenta, era una “práctica callejera” más frecuente de lo que se pudiera pensar, que si bien no aceptada en lo más mínimo, sí tolerada más de lo deseable.
Aún siendo fruto de una descuidada ociosidad, esta confesión de aparente insignificancia golpeó mi consciencia de tal forma que hizo temblar los cimientos que sostenían mi concepto de la vida y lo que la volvía más inquietante era que no provenía de un desconocido sino de un rostro afable instalado en la blandura de la cotidianidad y en la entrañable familiaridad de mi entorno, lo que hacía tambalear su ficticia seguridad.
Según nos relató fue sólo un pensamiento fugaz como una mala estrella, pero tan incendiaria y devastadora que me hizo plantearme hasta qué punto conocemos a los que conviven con nosotros e incluso a nosotros mismos y no pude evitar pensar con cierta desazón, que entre aquellas “capas de cebolla” que conformaban la personalidad de mi amigo y que también eran él: la del buen chico, el buen hijo, el buen novio, la del trabajador, el compasivo… estaba aquel ser oscuro agazapado entre las sombras de su inconsciente, queriendo pasar desapercibido incluso para sí mismo, es más, probablemente deseando “no ser” y me di cuenta de que la dimensión humana realmente abarca todas las manifestaciones y polaridades y entendí, aquello de “Conócete a ti mismo y conocerás el universo”, porque de alguna manera, todas las sombras y luces que encontramos en el mundo, también tienen su reflejo en nosotros a menor escala.

Reflexión ésta que trae a mi memoria la enigmática frase atribuida al genial pintor Francisco de Goya :“El sueño de la razón provoca monstruos” recogida en su célebre ciclo de grabados conocido con el título de “Los caprichos” y cuyo auténtico sentido aún nadie ha logrado desentrañar con exactitud al igual que ocurre con el alma humana.
Y a día de hoy y tras haber escuchado alguna que otra versión de aquella misma historia a través de distintos escenarios, no puedo evitar preguntarme de qué “adn” estamos hechos, cuál es la substancia que lo conforma y así intentar averiguar qué “monstruos” nos habitan sin permiso y hasta que punto esas energías arquetípicas potencialmente “exclavizantes”, que según el eminente psiquiatra Carl Jung nos acompañan desde la noche de los tiempos, ejercen su influjo sobre la mente humana desde la velada inmensidad del subconsciente colectivo que cual “ancestral abrevadero”, abastecería con sus proyecciones el inconsciente individual, recibiéndolas cada uno en la forma determinada por su propia sensibilidad, de un modo similar a como la luna influye sobre las mareas o incluso (pues es un hecho el aumento del porcentaje de nacimientos en los cambios de luna), sobre los alumbramientos.
Todas las sombras y luces que encontramos en el mundo, también tienen su reflejo en nosotros a menor escala.
Habría que ver cómo estas fuerzas atávicas, algunas de ellas enemigas del “Anima mundi,” actúan, y en qué forma sus inaprensibles emanaciones se proyectan de forma individual en la “pantalla” particular de cada individuo subyugando nuestros niveles inferiores de conciencia a las potencias de la Naturaleza o en qué medida quedan tamizadas por el filtro de nuestro control para así poder determinar nuestro grado de responsabilidad como receptores de las mismas.
En este sentido, me viene a la cabeza una imagen oriental muy gráfica recogida en una pequeña enciclopedia de religiones comparadas en la que se veía a un hombre atemorizado ante una figura sombría y gigantesca que le hacía parecer tremendamente desvalido y que según se aclaraba al pie de la foto representaba la impotencia del ser humano al verse “atrapado” entre “las fauces del pecado”.
Y es que todo el problema de la humanidad radica en dilucidar dónde está el origen del mal para así poder analizar que instrumentos son eficaces para erradicarlo, si es que esto es posible.
Debemos pues, estar vigilantes respecto de qué influencias presiden nuestras vidas y sufragar solamente las adecuadas, como en aquella leyenda índia en la que se habla de los “dos lobos” que luchan en nuestro interior, uno bueno y otro malo, prevaleciendo aquel al que alimentemos. No seamos pues como el cerdo para quien su paraíso es el lodazal.
Y todo ello tratando de encontrar respuestas, pues al escuchar la historia de mi amigo sentí el vértigo de la existencia y al mismo tiempo me pareció que la declaración de alguien que paradójicamente podía exponer con esa inocencia y naturalidad la fragilidad de su lado oscuro, tenía que poseer sin duda, un fondo de genuina bondad e intrínseca pureza y ello me hizo conservar con cierta esperanza una temblorosa fe en la inquietante naturaleza humana.
Tras lo dicho solo nos queda responder a la cuestión: “¿ El ser humano es digno de confianza?” y aún siendo la respuesta afirmativa, ha de ser necesariamente matizada, así pues : Confianza sí, por supuesto, pero incorporándole de manera ineludible el “piloto automático” de una actitud alerta.

