Vivir en soledad, morir en sociedad

El silencio del olvido: la soledad no deseada en la vejez se ha convertido en una de las mayores sombras de la sociedad hiperconectada.

La paradoja de la era hiperconectada: miles de ancianos mueren en el olvido en sus hogares o residencias mientras la sociedad da la espalda a la vejez y al valor de los recuerdos.

 

Por Fernando Codina

HoyLunes – «Encuentran el cadáver de un anciano disecado en su cama, por el calor y el tiempo». «El mal olor provoca un descubrimiento terrorífico en Torrevieja». «Todo el mundo pensaba que se había mudado con la hija». «La acumulación de facturas en el buzón hizo sospechar a los vecinos que pasaba algo». «La falta de consumo de agua alerta al Ayuntamiento de la extraña situación». «Macabro hallazgo en el paraíso: en una urbanización de lujo encuentran los cadáveres de un matrimonio anciano». «Los perros de la víctima se habían comido casi todo el cuerpo». «Nadie lo veía desde hace mucho tiempo». «Como seguía pagando el alquiler todos los meses, lo tenía domiciliado, ningún vecino se preocupó por no haberle visto salir a hacer la compra». «Se calcula que el anciano llevaba muerto más de dos años cuando fue descubierto por los bomberos». «El cuerpo no presentaba ningún síntoma de violencia: al partirse la cadena, la anciana había muerto de hambre y de sed». «Encuentran el cuerpo sin vida en el cuarto de baño de su casa». «El mal olor y la presencia de bichos en el rellano de la escalera permitieron descubrir el cadáver del vecino del cuarto C».

Estas frases son pura ficción, pero podemos encontrarlas muy similares en múltiples crónicas y noticias reales. Incluso algunas mucho más terribles.

En esta, nuestra sociedad tan hiperconectada, tan hipertecnológica y tan sumamente bien comunicada, la gente sigue muriendo en soledad, olvidada por todo el mundo. Los más afortunados lo hacen en residencias de ancianos, en hospitales, en centros de cuidados paliativos, olvidados por todo el mundo. Por las familias, que hace tiempo que dejaron de venir a verles. Por los amigos, muchos de los cuales murieron antes que ellos. Por nietos y nietas que incumplen cualquier promesa de cariño hacia el abuelo.

Porque cada día, no solo en nuestra querida España, sino en todo el mundo, miles de seres humanos fallecen en medio de la soledad más absoluta. ¿Piensas que exagero? Muy bien, pues te reto a que hagas una somera búsqueda en Google sobre la cantidad de personas que murieron en Francia durante la gran ola de calor de 2003. Muchas de ellas, personas ancianas. La mayor parte, en sus propias casas.

Las huellas del olvido: el silencio de las facturas acumuladas y el correo sin abrir como silenciosos testigos de una ausencia inadvertida.
Las huellas del olvido: el silencio de las facturas acumuladas y el correo sin abrir como silenciosos testigos de una ausencia inadvertida.

¿Qué tipo de sociedad tenemos, en la que nunca hay tiempo para los ancianos, para los más débiles, para los abuelos? ¿Qué clase de persona se desentiende de tal manera de su padre, de su madre, de su abuelo, y deja pasar meses entre una y otra llamada telefónica para al menos asegurarse de que se encuentran bien? ¿Cuánto cuesta acercarse a la casa familiar, o al pequeño piso en el que vive el abuelo, y ver qué tal se encuentra? ¿Y qué hacemos con los más privilegiados, aquellos que terminan sus vidas en una residencia, ya sea pública o privada, sin recibir jamás una sola visita? ¿Qué clase de cariño estamos demostrando si no tenemos tiempo ni para una triste visita mensual, que sin duda le devolvería un poquito de humanidad a esas horribles paredes de beige hospitalario?

Formamos entre todos una sociedad enferma que arrincona la sabiduría, olvida a los más débiles y condena a la nada a quienes lo han dado todo por nosotros.

Por supuesto, no nos olvidamos de todas aquellas familias que cuidan, veneran, adoran a sus padres, a sus madres, a sus abuelos, y los tienen junto a ellos, en el seno de la familia, hasta el último de sus días, como mi abuelo. Esa es otra historia muy distinta. Aquí vamos a hablar de otro tipo de familias, de aquellas que no tienen sentimientos y aparcan a sus ancianos en residencias sin que les importe una mierda lo que suceda con ellos.

Demasiadas personas, quizás tú entre ellas, querido lector desconocido, piensan que ya son bastante generosas al pagar esa residencia de ancianos, tan cara en euros (o tan barata en conciencia), para que nuestro familiar esté bien cuidado… Que nuestra función como hijos se termina en el momento en el cual dejamos que nuestra madre, o nuestro padre, venda su casa para pagarse la residencia de ancianos de por vida, o «hasta que la muerte nos separe», cuando nosotros no estamos dispuestos a ocuparnos de ellos, nos podemos dar palmaditas en los hombros y defender que somos los mejores hijos del mundo.

Ojo, aquí estamos refiriéndonos a las residencias de ancianos ideales, aquellas que cuentan con el personal necesario para que efectivamente estén bien cuidados a todas horas… Y cerramos los ojos voluntariamente a todas aquellas truculentas historias que de vez en cuando salen en los medios, donde se nos dice que los ancianos comen alimentos caducados, que hay una auxiliar para toda la residencia cada noche y que de día mejora algo la situación, al incorporarse otros dos auxiliares escasamente cualificados. Otras veces te hablan de malos tratos en residencias, de suciedad, de pañales sin cambiar, de hambre…

Pero no, nosotros solo queremos pensar que ese padre, esa madre, ese tío, esa tía, ese pariente a quien hemos dejado aparcado en la residencia, está recibiendo «el mejor trato posible», y eso basta para tranquilizarnos.

Sin embargo, en demasiadas ocasiones, no hay nadie que les coja de la mano en el tránsito final. Mueren solos. Olvidados por todo el mundo. Y da igual que lo hagan en residencias, en hospitales o en sus propias casas. Toda una vida de trabajo, de esfuerzo; si han tenido familia, de cuidados, de duros esfuerzos para dotar a los hijos de la mejor formación posible, o simplemente de trabajar como burros para llegar a viejos… y descubrir que la vida no les va a traer nada más que soledad.

Manos que cuidaron y construyeron el futuro, hoy a la espera de un gesto de compañía que devuelva la dignidad al tránsito final.
Manos que cuidaron y construyeron el futuro, hoy a la espera de un gesto de compañía que devuelva la dignidad al tránsito final.

Formamos entre todos una sociedad enferma, que arrincona la sabiduría, que olvida a los más débiles, que no respeta la ancianidad, que condena a la nada a quienes lo han dado todo por nosotros. Yo no soy ninguna excepción en este aspecto: mi madre me ha dicho bien claro que cuando yo me independice, su intención es vender la casa e irse a una residencia, donde encuentre los cuidados necesarios.

Yo mismo soy carne de residencia, no tengo pareja ni aspiro a tenerla ya, no me llevo especialmente bien con mi familia, tengo la casa pagada, ninguna deuda y, por lo tanto, existe para mí la posibilidad de, cuando no me encuentre lo bastante bien como para seguir viviendo solo, vender mi casa, mi único capital y propiedad, y, completándolo con la pensión, poder ingresar en una residencia privada… Pero esa no es la panacea de todos los males, ni la solución de todos los problemas…

¿Cómo haces para decidir cuáles de tus pertenencias vas a llevarte contigo y cuáles dejas atrás? ¿Qué libro, qué peluche, qué recuerdo, qué álbum de fotos te acompañará durante el resto de tus años de vida, en ese cuarto que se convertirá para ti en una jaula de oro? ¿Quién vendrá a visitarte? ¿Alguien cogerá tu mano cuando mueras?

Yo ni me lo planteo, sé perfectamente que el cáncer contra el cual llevo tantos años luchando volverá un día de estos… Me pondrán los tratamientos más modernos para tratar de prolongarme la vida con algo de calidad… Ya estoy informado de los riesgos de las nuevas terapias contra el mieloma múltiple, de los ingresos, de tantas cosas que daría lo que fuera por ignorar…

Para quedarme tranquilo, tengo establecido en mi testamento vital que no acepto ningún método extraordinario de prolongarme la vida. En el otro testamento, el depositado ante notario, he dejado instrucciones bien claras a mi albacea de mis últimos deseos y voluntades.

Tengo la enorme suerte de que el final de la vida no me inspira ningún miedo; el dolor, sí; la pérdida de la lucidez, también, pero es imposible tenerlo todo bajo control, y más cuando vas envejeciendo.

Sobre todo en una sociedad enferma, que le tiene tanto miedo a la muerte que prefiere olvidarse de los ancianos…

Fernando Codina
Fernando Codina. Escritor

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