Un análisis crítico sobre cómo la instrumentalización del «nosotros» frente al «ellos» erosiona los cimientos democráticos. Desde la lógica de guerra hasta las fronteras morales del comunitarismo, exploramos la estrategia deliberada de convertir la diferencia en amenaza y la urgencia de transitar de una política del rechazo hacia una cultura del reconocimiento mutuo.
Por Claudia Benítez
HoyLunes – Vivimos un periodo en el que la sombra de la guerra invade nuestros pensamientos. La política internacional, lejos de articular horizontes comunes de convivencia, se ha convertido en terreno fértil para la reapropiación de símbolos, identidades y narrativas colectivas que, paradójicamente, alimentan el rechazo hacia los que son percibidos como “distintos” o “extranjeros”.
Las guerras parecen tener su origen en diferencias ideológicas, aunque con frecuencia esas diferencias funcionan como justificaciones para mantener conflictos que responden a intereses más profundos. Hoy, como en la antigüedad, las guerras obedecen a la necesidad de mantener el control político y económico, así como los aparatos de poder que las sostienen.
Esta lógica, que hoy se manifiesta en discursos nacionalistas, colonialistas, anticolonialistas y etno-culturales, no opera únicamente como una reacción frente a la globalización. Más bien, funciona como una estrategia “deliberada” de exclusión política. A través de ella, el espacio social se redefine como un campo de tensiones estructurado en términos binarios: un “nosotros” frente a un “ellos”.

En el artículo: “Identidad, diferencia y segregación: los límites del comunitarismo”, describía cómo el apego rígido a identidades colectivas puede clausurar la posibilidad de la vida común y fragilizar el lazo social.
Este movimiento social no solo reivindica orgullo por una herencia o por símbolos compartidos, sino que construye una frontera simbólica y moral con quienes son definidos como “ajenos”, “no pertenecientes” o “amenazantes”. Esta frontera no es únicamente cultural; se traduce en propuestas políticas explícitas de segregación, restricción de derechos y limitación de la ciudadanía en función de atributos que van desde la etnia o el origen migratorio hasta la religión.
Bajo la bandera de “defender la comunidad”, los discursos excluyentes primero designan un enemigo interno y luego lo utilizan para consolidar una identidad de grupo cerrada. Este proceso de construcción a partir de la negación no es accidental: es un instrumento político eficaz para articular voluntades colectivas y canalizar frustraciones sociales hacia objetivos concretos de exclusión. Lo que se presenta como protección de la identidad termina siendo una política de los “otros” convertidos en prescindibles, peligrosos o indeseables.

El auge de estas formas de rechazo político tiene consecuencias directas sobre nuestro marco democrático. Una democracia saludable requiere espacios compartidos de deliberación, reconocimiento de la pluralidad y protección de las minorías. Cuando la política se redefine como antagonismo permanente entre identidades cerradas, la negociación, la solidaridad y la empatía pierden terreno frente a la polarización y la competencia identitaria.
Frente a ello, la pregunta no es únicamente cómo preservar la diversidad, sino cómo reconfigurar el sentido de comunidad para que no se asiente en fronteras excluyentes, sino en derechos, deberes y reconocimiento mutuo. Esta no es una tarea meramente técnica: implica imaginar nuevamente lo que significa vivir en común sin reducir al otro a una amenaza, sin instrumentalizarlo políticamente y sin renunciar al principio de respeto a la diferencia que sostiene cualquier proyecto democrático genuino.

Superar esta lógica implica pensarla como síntoma —y a la vez causa— de una crisis más profunda en nuestra concepción de comunidad, identidad y política. El modelo democrático intenta responder a la aspiración de sociedad incluyente y la confrontación política se dirige cada vez más contra ese proyecto. El reto de nuestro tiempo no es reafirmar fronteras internas, sino transformar la política del rechazo en una política del encuentro y del reconocimiento.

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