Tras una vida dedicada a comprender los conflictos humanos en El Salvador, Colombia, Tanzania y Londres, la filósofa valenciana publica «Utopía 2036», una novela que desafía el monopolio de las distopías y plantea una pregunta incómoda: ¿y si el verdadero acto revolucionario consistiera en imaginar un futuro mejor?
Por Ehab Soltan
HoyLunes – Hay personas cuya biografía no puede leerse como una sucesión de empleos o títulos académicos, sino como el lento aprendizaje de una pregunta que nunca dejó de perseguirlas: ¿es posible construir un mundo distinto sin empezar por cambiar la manera de mirar al ser humano?
Licenciada en Filosofía, María J. Adelantado decidió abandonar muy pronto los caminos más previsibles de la academia. Vivió en comunidades campesinas de El Salvador, acompañó a defensores de derechos humanos en Colombia con Brigadas Internacionales de Paz, investigó los mecanismos de preservación de la paz en Tanzania y trabajó durante una década junto a población vulnerable en Londres.
Vista en perspectiva, aquella trayectoria no parece una sucesión de experiencias dispersas, sino la preparación silenciosa para una misma pregunta: cómo imaginar una sociedad distinta sin renunciar al realismo.
En un panorama editorial dominado por las distopías, donde el futuro suele escribirse con el vocabulario del colapso, Adelantado propone el movimiento contrario. No escribe una evasión ingenua ni una promesa de felicidad automática; escribe la posibilidad de reconstruir la esperanza sin negar las heridas de la historia. En «Utopía 2036», su segunda novela, un choque radical —la madrugada en que la mitad de la humanidad no despierta— abre paso a un relato donde una saga de mujeres arranca en las trincheras de 1936 para proyectarse más allá de la «Gran Noche», uniendo la mística, la filosofía y la resolución de conflictos.
Conversamos con María J. Adelantado sobre el peso de las palabras, la experiencia de convivir con la violencia sin renunciar a la esperanza y el desafío intelectual de escribir una utopía en una época que parece haber perdido la capacidad de imaginarla.

Su perfil profesional y vital destaca por un firme rechazo a lo que denomina «la carrera de la rata» y por una temprana elección de la Filosofía. Mirando atrás, ¿cómo moldeó la perspectiva filosófica su manera de entender los conflictos en las comunidades campesinas de El Salvador o en el acompañamiento a defensores de derechos humanos en Colombia?
Es una pregunta difícil, porque mi perspectiva filosófica moldeó todo: mi forma de ser y estar y actuar en la vida, mis elecciones tempranas etc. Pero al mismo tiempo, en realidad, cuando fui a El Salvador, en cierta forma estaba huyendo de la Filosofía. Me ahogaba, la sentía demasiado racional y mental, separada de la vida. Para mí, era un camino agotado, como estar dando vueltas en un dédalo. Buscaba otras culturas y aire puro fuera de Europa, a la que sentía decadente.
Entonces, casi que me quité la mirada filosófica al llegar allá y me hundí en la experiencia directa. Me dediqué a observar y hacer y a aprender de gente que tenía una historia de vida muy dura, por la guerra reciente y las circunstancias materiales, pero tenía una vitalidad y alegría que en Europa eran raras. Viví en plena naturaleza, que para mí era un lujo, una bendición.
Buscaba simplemente ser sin dar vueltas mentales a la vida. Aunque claro, la mirada filosófica es casi un rasgo de mi personalidad.
Y en Colombia fue parecido. Quería hacer, participar, transformar en la medida de lo posible el mundo, no solo pensarlo desde la torre de marfil del filósofo.
Quería hacer, participar y transformar en la medida de lo posible el mundo, no solo pensarlo desde la torre de marfil del filósofo.
Usted ha investigado en Tanzania cómo algunos países logran esquivar la trampa de la guerra mientras sus vecinos sucumben a ella. Desde una perspectiva geopolítica y humana, ¿cuál es el factor determinante que marca la diferencia entre la quiebra social y la preservación de la paz?
Fui a Tanzania a hacer una pasantía en una organización de mujeres, como parte de un Máster de Género y Desarrollo, pero la organización local con la que iba a colaborar se había quedado sin fondos y prácticamente sin proyectos. Estaban paradas. Así que tuve que inventarme un trabajo para justificar mi presencia allí, porque estaba becada.
Como a mí lo que de verdad me interesa es la paz positiva, decidí mirar eso, cómo es que Tanzania había logrado no caer en las guerras que asolaron a sus vecinos (Ruanda, Burundi, República democrática de Congo). Aunque era un atrevimiento por mi parte, porque no tenía referencias, ni bibliografía ni nada. Tuve que empezar a mirar eso desde cero.
Y mi conclusión es que una de las causas principales fue el liderazgo de Nyerere. Bajo su presidencia, Tanzania fue un país fundador y actor destacado de los países no alineados durante la guerra fría. Tuvo políticas de corte socialista, pero sin alinearse con la URSS. Y algo muy destacable fue la unidad lingüística desligada de la colonia. En un país con más de 120 lenguas se estableció el swahili como lengua oficial. Es el único país de África subsahariana que no puso la lengua colonial como oficial. Además, es una lengua que hablan en varios países vecinos. Hoy también es oficial en Kenia, Ruanda y Uganda.
Para facilitar el sentido de unidad nacional, pese a las diferencias tribales, se desarrollaron programas que reunían a estudiantes de distintos lados del país, de modo que tuvieron sí o sí que aprender un idioma común y conocerse.
Nyerere, además, promovió el panafricanismo. Eso hizo que Tanzania fuera un país respetado y que rido por los países vecinos.
Creo que una conclusión que se puede extraer del caso tanzano es que, por debajo de estructuras, tendencias, circunstancias, etc, al final, la vida también depende de la ética y las decisiones individuales. Tener a un líder como Nyerere fue una bendición para Tanzania.
Describe la llegada de su próxima novela como el hallazgo de una «novela encriptada» que le cayó del cielo y que le tocó desentrañar línea a línea. Más allá del proceso creativo convencional, ¿cómo fue la experiencia íntima y metodológica de traducir ese mensaje en una obra literaria?
Yo lo viví así, tal cual, en una comida de Navidad con amigos. Pero no me puse a escribir de inmediato, aún me tomó meses empezar. No fue un mensaje lingüístico. Por tanto, al escribirlo, no sentía que fuera al dictado. Escribía desde mi imaginación, pero sabiendo que era una historia preexistente.
De hecho, la fui posponiendo hasta que una voz me dijo: «Si no la escribes tú, la va a escribir otro, porque está en el espíritu del tiempo y tiene que ser escrita».
Así que me puse manos a la obra lo mejor que pude. ¿Y sabes? Terminé el primer borrador en enero de 2020 y en marzo fue la pandemia. Eso me hizo más consciente aún de la urgencia, y de que el tinte profético que tiene el texto puede ser más que literario.

La premisa de la novela es perturbadora y magnética a la vez: la madrugada del 23 de abril de 2036, la mitad de la humanidad simplemente no despierta, sin mediar catástrofes ni guerras. ¿Por qué era necesario un punto de partida tan radical para poder construir el nuevo mundo que narra la protagonista: Parampara?
Llevo dando vueltas a escribir una utopía desde 2002. Y a veces la empecé, y siempre empezaba como una plaga, sencillamente porque si las cosas van tan mal es porque hay individuos que las piensan, las organizan, las ejecutan, somos las personas las que mantenemos el mundo así.
Creo que no me decidía a escribirla porque tengo un gran respeto por la palabra, sé que crea realidad. De hecho, me ha pasado otras veces que escribo algo y después ocurre. Entonces, escribir que media humanidad muere me daba hasta miedo.
Pero decidí distanciarme, sacarme de la ecuación.
Comprendí que si lo que narro ocurre, no es porque yo lo haya narrado, sino que he descrito lo que intuyo que va a ocurrir.
Ahora mismo, creo que somos una mayoría de personas que estamos hartas de este sistema de guerra e injusticia, de odio al diferente etc. Estamos deseosas de cambios que, además, sabemos que son factibles, aunque no sean fáciles. Nos quejamos del sistema, pero el sistema lo mantienen funcionando las personas.
Puse esa cantidad, 50% para que el lector se enfrente a la reflexionar sobre su propia vida. ¿Pasaré la criba? Y si cree que no, que sepa que aún puede cambiar. En ese sentido, la novela es una advertencia.
En un mercado editorial y audiovisual saturado de escenarios postapocalípticos y distopías opresivas que prolongan el miedo actual, usted define ´Utopía 2036´ como la cara opuesta de ´1984´. ¿Por qué cree que a la sociedad contemporánea le resulta más fácil imaginar el colapso absoluto que un futuro regido por el amor y el apoyo mutuo?
Precisamente porque vivimos en una realidad cruel y distópica, la inercia nos lleva a pensar en escenarios horribles. Hemos normalizado la guerra, las hambrunas, la violencia de todo tipo, contra las personas, los animales, la naturaleza. Pensar o imaginar una vida más justa suele tildarse de ingenuidad simplista. Hasta la propia palabra Utopía suena ‘naif’. Pero una sociedad amable, generosa y compasiva es una idea arraigada en el corazón de las personas, y tenemos las herramientas materiales, mentales y espirituales para llevarla a cabo.
Pensar una vida más justa suele tildarse de ingenuidad simplista, pero una sociedad amable y compasiva es una idea profundamente arraigada en el corazón humano.
Al afirmar que escribir esta obra ha sido una «responsabilidad enorme» para la cual toda su vida fue una preparación, ¿cuál es el impacto primordial que espera causar en los lectores?
Me gustaría que el lector se transporte al mundo que narro y vea que sí, es posible. También que reflexione sobre su huella en el mundo. Que se pregunte: ¿qué estoy haciendo ¿qué tengo que cambiar? Es muy difícil ser purista y completamente ético en este sistema por cómo está organizado y porque ha regulado casi todos los aspectos de la vida. Pero sabemos que todo lo que existe ha sido antes una idea. La idea de la silla precede a la silla. Pues con un mundo mejor, es igual. Tenemos que atrevernos a pensarlo, a imaginarlo de forma factible. Para mí, es importante situarlo en el tiempo y el espacio, no en una isla remota fuera del tiempo, en un sueño.
En ese sentido me he servido de una práctica política muy común: la de los hechos consumados.
