El Inventario del Alma: Cuando el Éxito Olvidó la Existencia

De la acumulación material al vacío espiritual: un viaje por las huellas de la infancia, las cargas ancestrales y el reencuentro con el valor intrínseco de ser, antes que tener.

 

 

Por Any Altamirano

HoyLunes – Nuestros primeros años, dejan una marca profunda de felicidad, de tristeza o frustación. Semillas que suelen germinar en la adolescencia y en la madurez de la vida, incluso pervivir hasta que la memoria se apaga.

Un día, nos vemos al espejo y no nos reconocemos. Nos preguntamos una y otra vez dónde quedaron nuestros sueños, la felicidad soñada y todo lo que solemos imaginar hasta tocar el cielo. Un cielo que a veces se nubla, con borrascas de miedos contenidos y dudas que no encuentran respuestas. Nos olvidamos de lo que nos hacía felices: caminar descalzos, contemplar la naturaleza, disfrutar de un helado, ver un amanecer, salir de paseo en familia, reuniones con amigos, disfrutar de unas vacaciones e incontables momentos.

Cuando el ‘tener’ se convierte en el peso que impide volar.

Y en esas turbulencias de la vida, donde la introspección es inevitable, en el eco de nuestra memoria resuena una frase ¡esfuérzate para ser alguien en la vida! Y entendimos que ser alguien era estudiar, tener una grado, un auto, una casa, una familia, una cuenta bancaria y un largo etcétera. Sí, en esa búsqueda de materialismo, nos perdimos y el alma se fue vaciando. Hay algo que olvidaron decirnos cuando pronunciaron estas palabras, porque quizá tampoco lo sabían nuestros seres amados, es que ya éramos valiosos y que también ellos lo eran —solo que tampoco lo sabían— y así fuimos acumulando cargas ancestrales.

Proyectamos la felicidad, como un trofeo, como una meta diseñada hasta lograr los objetivos propuestos, posponiéndola hasta cansarnos en la trayectoria, porque no parece haber fin. No es una generalidad, algunas culturas y personas prepararon a sus generaciones: les hablaron de amor, de autoestima, de escucha, de espiritualidad y de autocontrol. La gran mayoría, solemos aprender estas lecciones acompañadas de experiencias dolorosas en el curso de nuestras vidas, porque nadie nos preparó, pero tarde que temprano llega la lección maestra. Los ecos resuenan y los silencios son necesarios: una terapia, un retiro, unas vacaciones, una introspección. Sentimos que algo falta y no sabemos qué es. Hasta que nos reconocemos y nos encontramos con nosotros mismos.

Cuando somos padres, en el aprendizaje de ser primerizos y la perfección, procuramos dar todo lo material y nos olvidamos en ocasiones, que los mimos, la atención, los abrazos y el amor, es el mejor regalo. Pasamos más horas en el trabajo para dar más, llenamos nuestras propias carencias y colmamos de materialidad a nuestros hijos y el esfuerzo ya no es necesario para obtener lo que desean.

El tiempo y el abrazo son la única herencia que no se devalúa

Además, pensamos, cuando tenga tal o cual, viviremos sin preocupaciones y felices, tendremos todo lo materialmente necesario y llenamos los bolsillos, hasta vaciar el alma. En esa carrera acelerada, nos olvidamos de nuestra propia existencia y de hacer una pausa, incluso olvidamos escuchar nuestra propia respiración.

Un día, la sonrisa se apaga. La mirada es triste. Los problemas llegan envueltos en un bucle de emociones. Nos olvidamos de vivir, de sentir, de escucharnos y sobretodo de alimentar el espíritu.

En la escuela de la vida. No hay aulas, ni grados. No se incluye una asignatura, ni un grado de felicidad ni de autoestima. Y también, lo que alguna vez aprendimos de nuestros padres o abuelos, a creer en un ‘Ser Supremo’ lo olvidamos. Adoptamos una religión sin práctica constante, todo conforme nos va en la vida, volvemos para hacer peticiones a nuestro creador y pocas veces para agradecer. Pareciera que, en esa carrera de felicidad, nos olvidamos de nosotros mismos y los años pasaron demasiado rápido en una búsqueda fallida.

El silencio como el aula donde el alma finalmente se reconoce.

Y qué pasaría si hoy nos detenemos, agradecemos, abrazamos, decimos un ‘te amo’, sonreímos… ninguno de estos detalles tienen un precio, pero sí un gran significado para quien los recibe.

Any Altamirano. Periodista. Escritora. Editora.

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