Sostener la intención cuando se apagan los fuegos artificiales: una oda a la constancia imperfecta y el placer de seguir.
Por Lidia Roselló
HoyLunes – Enero es ese amigo intenso que te escribe el día 1 a las 8:00: “Este año lo cambiamos todo”.
Y tú, medio dormida, le dices que sí. Porque en enero una dice que sí a muchas cosas: a la quinoa, a madrugar, a la mejor versión de sí misma y, si se despista, hasta a las sentadillas con sonrisa.
Luego llega febrero… y te manda un mensaje más honesto: “¿Seguimos o era postureo?”
Y aquí estoy: sorprendentemente, seguimos.
Lo primero: yo ya tenía la costumbre de hacer ejercicio. Así que en febrero continúo. Sin drama, sin “reto de 30 días” y sin necesidad de motivación espiritual. Hago ejercicio de fuerza porque me sienta bien, porque me quita los dolores de espalda y porque hay días en los que el mundo se me hace grande, pero después de esos 45 minutos de entrenamiento vuelvo renovada.
Enero, eso sí, me trajo novedad: empecé una dieta.
Sí, con dietista y todo. Una cosa seria, responsable y de adulta funcional.
Y atención porque esto es lo fuerte: milagro… la estoy siguiendo.
Bueno, la estoy siguiendo aunque un poco a mi manera ( que no se entere la dietista). Si alguien le pregunta, decid que soy ejemplar, que peso la comida y todo eso.

La realidad es más humana: cumplo bastante, pero también tengo esa habilidad de interpretar el plan como si fuera un poema. Donde pone “un poquito”, yo entiendo “un poquito… generoso”. Donde pone “si te apetece”, yo entiendo “te apetece”. Y donde pone “evitar”, yo entiendo “evitar… en la medida de lo posible”.
Aun así, sigo. Y eso, para mí, ya es un triunfo de febrero. Porque febrero no premia la perfección, premia el aguante. Febrero es el mes en el que ya no hay fuegos artificiales ni aplausos, pero tú estás ahí con tus mallas, con tus contradicciones y tu tupper, sosteniendo lo que dijiste que ibas a sostener.
Y, por llevar la contraria al mundo he decidido que en febrero me voy de viaje.
Es un plan precioso porque además no viene a arreglarme nada. No es “me voy para huir”. Es “me voy porque me apetece”. Y esa frase, en sí misma, es terapéutica.

Así que este febrero es esto:
• Ejercicio: continúa, porque ya era parte de mí.
• Dieta: continúa… con pequeñas licencias que no cuentan si no se comentan.
• Viaje: continúa mi tradición favorita, la de recordarme que la vida no es solo rutina.Y así, entre la realidad y la risa, me quedo con febrero: un mes imperfecto pero habitable, donde lo importante no es hacerlo todo perfecto, sino seguir. Y si a alguien también le está pasando eso sostenerse como puede, sin épica, pero con intención—, La Habitación Naranja está aquí: abierta, con la luz encendida y la silla libre, para todas las personas que la necesiten.

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