Heridas, memoria y salitre: un viaje a través de la fragilidad humana para descubrir la luz que resiste en mitad de la tormenta.
Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes – Cuando terminé de leer Sostener la alegría, quedé exhausta con la sensación de haber recorrido un sinuoso camino, de esos que obligan a detenerse de vez en cuando, mirar atrás y decidir qué merece la pena conservar y qué conviene dejar atrás para seguir avanzando. El nuevo poemario de Sonia Aldama Muñoz habla precisamente de eso: de las pérdidas, de las grietas que deja la vida, de la memoria, del amor y de la capacidad de encontrar belleza incluso en medio de la incertidumbre.
Conozco a Sonia desde hace años. Fue mi profesora en el arte de tutorizar talleres de escritura y he seguido de cerca tanto su trayectoria literaria como su compromiso con la cultura y el feminismo. Sonia también me enseñó algo fundamental para quien escribe sobre literatura: la importancia de la objetividad y de una crítica constructiva, capaz de valorar una obra desde el análisis y no desde la complacencia. Por eso me acerco a este libro intentando dejar a un lado la admiración personal para escuchar únicamente la voz que habita sus poemas.
Además, he tenido la suerte de compartir con ella distintos espacios literarios y profesionales a lo largo de los años, lo que me ha permitido conocer de cerca su compromiso con la escritura, la formación y la defensa de la cultura.

También fui testigo de los primeros pasos de AMEIS, la asociación que hoy reúne a escritoras e ilustradoras de toda España y de la que formo parte con orgullo. Esa mirada comprometida con la palabra y con las mujeres atraviesa buena parte de su obra, aunque nunca de manera panfletaria. Está en la forma de observar el mundo y en la manera de construir una voz poética que no se resigna al silencio.
Quizá por todo ello, tenía especial curiosidad por adentrarme en este poemario. Conocía a la profesora, a la correctora, a la mujer comprometida con la cultura y el feminismo. Me faltaba sentarme frente a la poeta y escuchar qué tenía que contarme en estas páginas.
El libro se abre con un poema significativo, “No soy lo que ves”, una auténtica declaración de intenciones. Ya en sus primeros versos aparecen algunas de las imágenes que recorrerán todo el volumen: el agua, el viento, las flores, los pájaros y, sobre todo, el mar. «A veces recuerdo todas las olas / que no decidieron quedarse / y mojo con salitre a las pavanas / adormecidas en la arena». En apenas unos versos, Sonia Aldama condensa uno de los temas centrales del poemario: aceptar que hay cosas, personas y momentos destinados a marcharse, sin convertir esa ausencia en amargura.
«Aceptar que hay cosas, personas y momentos destinados a marcharse, sin convertir esa ausencia en amargura».
Ese diálogo constante con el mar atraviesa gran parte de la obra. Aunque la autora reside en Madrid, quienes conocemos su vinculación con La Línea de la Concepción reconocemos enseguida la huella del Campo de Gibraltar en muchos de sus poemas. El poniente, las orillas, las mareas, la arena y el salitre aparecen una y otra vez convertidos en símbolos de tránsito y transformación. En “Mareas” escribe: «Y el poniente se desliza / sobre olas de adioses». Una imagen sencilla y poderosa que transforma el paisaje en emoción y la emoción en paisaje.
La estructura del libro tampoco es casual. Dividido en tres apartados —La otra frontera, La grieta y Sostener la alegría—, el poemario parece trazar un recorrido vital. En la primera parte encontramos la observación del mundo exterior, los márgenes, las fronteras visibles e invisibles. Después llega la grieta, ese territorio donde aparecen las heridas, las dudas y las preguntas inevitables. Finalmente, la tercera sección abre una puerta hacia la reconstrucción.

Especialmente revelador me parece el poema «Enunciar«, donde encontramos unos versos que resumen gran parte de la filosofía que sostiene el libro:
«Despojarse de lo heroico
y ser andamio que sostenga
este débil orgullo de certezas.»
No hay aquí épica ni grandes proclamas. Hay una invitación a aceptar la fragilidad humana y a entender que la verdadera fortaleza suele encontrarse en los pequeños gestos, en los afectos cotidianos y en la capacidad de seguir adelante.
Aunque resulta inevitable pensar que determinadas experiencias personales han dejado su huella en estas páginas, la autora evita caer en el confesionalismo. Lo íntimo se transforma en materia poética y adquiere una dimensión universal. La enfermedad, la pérdida, las envidias, el miedo al futuro o la necesidad de aferrarse al presente aparecen filtrados por una escritura que prefiere sugerir antes que explicar.
Formalmente, Sonia Aldama apuesta por una poesía depurada, de versos breves y gran densidad simbólica. Su lenguaje está lleno de imágenes que permanecen en mi memoria mucho después de cerrar el libro: colibríes, helechos, lirios, girasoles, coquinas, estaciones que cambian y olas que regresan una y otra vez a la orilla. Son elementos que funcionan como metáforas de un proceso interior marcado por la aceptación y el aprendizaje.

Hay además una constante voluntad de desprendimiento. A medida que avanzan
los poemas, percibimos cómo la voz poética se libera de cargas innecesarias, de viejas heridas y de certezas impuestas. No hay rencor en estas páginas. Tampoco resignación. Hay una mirada serena hacia el pasado, la voluntad de aprender de él y la decisión de habitar el presente sin dejarse paralizar por lo que aún está por venir.
Por eso resulta tan significativo que el libro comience con unos agradecimientos y termine con el poema que le da título. Solo al llegar a «Sostener la alegría» comprendí plenamente el sentido de esas primeras páginas. Los agradecimientos iniciales no son una mera cortesía editorial; son la semilla de todo lo que viene después. El círculo se cierra cuando la autora escribe:
«Jamás dejaron de sostener la alegría».
La alegría a la que alude Sonia Aldama no es euforia ni optimismo ingenuo. Es algo mucho más complejo y valioso: la capacidad de seguir encontrando luz cuando la vida obliga a atravesar la sombra. Quizá por eso este poemario deja una sensación de verdad difícil de explicar. Porque habla del dolor sin recrearse en él y porque recuerda que siempre existen personas, lugares y palabras capaces de sostenernos cuando todo parece tambalearse.
«La alegría a la que alude Sonia Aldama no es euforia ni optimismo ingenuo. Es algo mucho más complejo y valioso: la capacidad de seguir encontrando luz cuando la vida obliga a atravesar la sombra».

Sostener la alegría confirma una vez más la solidez de la obra literaria de Sonia Aldama, entregándonos una poesía escrita desde la experiencia, la conciencia y la honestidad. Un libro para leer despacio, regresar a determinados versos y dejar que cada lector encuentre en ellos sus propias orillas.
He terminado la lectura con la sensación de haber atravesado un paisaje humano lleno de mareas, viento, ausencias y regresos. Y también con la certeza de que los buenos libros no son los que se leen y se olvidan, sino aquellos que continúan acompañándonos durante días después de haber pasado la última página. Este es, sin duda, uno de ellos.

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