Entre la fábula y el refugio: una reflexión sobre la mentira como la arquitectura invisible que sostiene nuestra realidad.
Por Jorge Alonso Curiel
Hoylunes – A Pedrito lo conocí en los veranos de la infancia, en el pueblo de calles polvorientas de mi abuela en Castilla, cuando los días parecían interminables y todo estaba aún por estrenar. Era nieto de un pastor, de esos hombres que conocían el ritmo de las estaciones en el campo más que por los calendarios colgados en las cocinas humildes o en las salas de estar con sillas antiguas de madera.
Desde muy pequeño, el bueno de Pedrito tenía una habilidad peculiar: inventarse la vida, o mejor dicho, mentía más que hablaba. No lo hacía de manera grandiosa, como esos fabuladores que construyen epopeyas, sino en lo pequeño, en lo cotidiano. Decía que había visto cosas que no había visto, que había estado con sus padres en lugares donde nunca estuvo, que por las noches jugaba con su abuelo a juegos que nunca jugaban, sobre todo porque aquel hombre terminaba exhausto de las labores diarias y solo quería cenar y acostarse en la cama.
Lo decía con tal naturalidad que al principio le creía. Luego empecé a notar que algo chirriaba. Nunca se lo dije porque lo hacía sin malicia, y me provocaba cierta gracia y ternura; además, cada vez que lo hacía, miraba a un punto fijo en el cielo, entrecerrando los ojos y acariciándose el lóbulo de la oreja derecha de soplillo.
Y es que Pedrito encarnaba una de las características de nuestra condición, que no poseen los animales, y que todos de algún modo practicamos: el arte de deformar la verdad o, sencillamente, la capacidad de fabular, de mentir. No siempre por maldad, sino por necesidad, por protección, por costumbre o por validación. Mentimos a diario y a diario nos mienten, y aun así nos escandalizamos cuando la mentira se revela, como si no formara parte de nuestra respiración moral.

Tal vez el problema no sea el engaño en sí, sino la ingenua pretensión de pensar que podemos vivir sin él, que algún día llegaremos a un mundo sin mentiras. Como si la verdad fuese un estado ideal, cuando sabemos que no es posible y, aun así, lo perseguimos con ansiedad y nos escandalizamos al descubrir lo contrario. En nuestra esencia —aunque nos incomode reconocerlo— habita también la capacidad de mentir. No como condena, sino como posibilidad. Y quizá entender eso nos haría menos furiosos, menos expeditivos.
Los niños, como Pedrito, mienten con facilidad, sin remordimientos. Inventan porque aún no distinguen del todo entre lo que es y lo que podría ser, y en esa mezcla hay una forma primitiva de libertad. Un niño que dice haber volado o haber visto un monstruo bajo la cama no siempre engaña; quizá explora, intenta anclarse en la realidad. Luego la vida afina esa frontera, la endurece, y mentir deja de ser juego para convertirse en herramienta, en defensa o en máscara.
También están las pequeñas mentiras que todos practicamos, casi invisibles, nacidas del cuidado para no herir. Palabras suavizadas para no romper algo frágil, versiones atenuadas de la verdad que evitan el daño. Esa mentira social, educada, que busca sostener la convivencia, aunque no siempre se entienda. Luego están las que menos toleramos: las de los políticos o las que generan consecuencias graves, donde ya no cabe indulgencia, sino distancia y firmeza.
Sin estas últimas, siempre me ha resultado difícil aceptar la reacción automática ante la mentira descubierta: la condena inmediata, la ruptura, la sentencia moral. Como si no supiéramos que también nosotros habitamos ese mismo territorio, aunque en escalas distintas o con justificaciones más elaboradas.

No se trata de justificarlo todo. Pero entre ese extremo y la pureza imposible de la verdad absoluta hay una vasta región en la que todos nos movemos.
Y quizá la madurez consista en eso: en aprender a distinguir, en desconfiar sin lapidar, en entender que la mentira no es una anomalía del sistema, más bien una de sus capas más antiguas, con la que tenemos que convivir y a la que lo más sensato es acostumbrarse. Como una sombra que nunca desaparecerá en nuestra condición de seres frágiles, contradictorios y temerosos.
Sombras que somos, como decía Fernando Pessoa en El Libro del desasosiego, errantes en un mundo oscuro, incesantes en su empeño de sobrevivir, sin dejar de aspirar a ser comprendidos y valorados.
Pedrito, si lees esto, no te enfades. Tardé años en entender que no mentías para engañarme, sino para habitar un lugar donde la realidad no te bastaba.
Quizá por eso nunca te delaté.
Porque, en el fondo, todos necesitamos alguna forma de mentira para sostener lo que somos. Solo que con el tiempo aprendemos a llamarlo de otra manera.

#FilosofíaCotidiana #RelatosDeInfancia #CondiciónHumana #LaVerdadYLaMentira #ReflexionesDeVida #JorgeAlonsoCuriel #Hoylunes #Psicología #LiteraturaYVida #CastillaNostálgica





