Cuando la memoria se desvanece, el amor cambia de lenguaje: una reflexión sobre la maternidad y el cuidado en el territorio del olvido.
Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes – Hay días que no caben en el calendario. Días que no entienden de flores ni de celebraciones. El Día de la Madre, para algunas personas, dejó de ser una fecha concreta hace tiempo y se convirtió en otra cosa: una forma de permanecer.
Quando la memoria empieza a deshilacharse, no hay un instante exacto que marque el antes y el después. Es más bien una sucesión de pequeños descuidos, de palabras que se escapan, de silencios que se alargan más de la cuenta. Y un día, sin saber muy bien cuándo, entiendes que ya no se trata de recordar, sino de sostener.
En ese tránsito íntimo, el Día de la Madre cambia de piel. Ya no gira en torno a los regalos ni a la sorpresa, sino a la presencia. Sentarse cerca. Repetir una historia sin corregir. Acompañar sin exigir.
La literatura ha sabido mirar este territorio con una delicadeza que a veces la realidad no se permite. En La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero escribe: «La memoria es el diario que todos llevamos con nosotros». Y cuando ese diario empieza a borrarse, lo que queda no es el vacío, sino la necesidad de que alguien más lo siga escribiendo.
Porque eso ocurre en muchas casas, lejos de los focos: hijas e hijos que comienzan a guardar no solo recuerdos propios, sino también los de sus madres. Que se convierten, sin darse cuenta, en la memoria de dos.
En El olvido que seremos, Héctor Abad deja una frase que resuena como un eco: «Ya somos el olvido que seremos». Y, sin embargo, en ese olvido anunciado, hay una resistencia silenciosa: la de quienes se empeñan en recordar por los dos.

Lo que sucede cuando una madre empieza a olvidar no es solo una pérdida, es también un desplazamiento. La figura que fue refugio, guía, estructura, empieza a necesitar sostén. Y ahí se produce un giro casi imperceptible: quien fue cuidado, ahora cuida.
La casa cambia. Los objetos dejan de tener el mismo sentido. Las palabras se vuelven frágiles. Pero hay algo que permanece, incluso cuando todo lo demás empieza a difuminarse: el gesto. Una mano que aprieta. Una sonrisa que aparece sin aviso. Un reconocimiento que no siempre pasa por el nombre, pero sí por la emoción.
Hay días buenos. Días en los que parece que algo regresa. Una claridad breve, una conversación que fluye, una risa compartida. Y esos días se celebran sin ruido, con una gratitud casi contenida. Porque saben a excepción.
Y luego están los otros. Los de la niebla más espesa. Los de la mirada que no encuentra. En esos días, el amor cambia de lenguaje. Ya no se dice: “Se hace”. Se encarna en la paciencia, en la repetición, en la decisión de no irse.

Decía Jorge Luis Borges: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes». Pero cuando la memoria falla, queda otra cosa. Algo que no depende del recuerdo para existir.
A veces, en medio de una conversación quebrada, aparece una frase inesperada, una lucidez breve que lo ilumina todo. Dura apenas unos segundos, pero basta para recordar que la persona sigue ahí, de alguna forma. Y esos instantes, aunque fugaces, sostienen mucho más de lo que parece.
También hay una pedagogía del cuidado que se aprende sobre la marcha. Nadie enseña a sobrellevar este proceso. No hay manuales que expliquen cómo despedirse poco a poco sin romperse del todo. Cada familia inventa su propia manera de estar: algunos recurren al humor, otros al silencio, otros a la repetición casi ritual de ciertas rutinas que ofrecen una falsa —pero necesaria— sensación de orden.
En ese aprendizaje, se descubre algo esencial: cuidar no siempre es hacer más, sino hacer de otra manera. Bajar el ritmo. Ajustar las expectativas. Aceptar que no todo tiene solución, pero sí puede tener acompañamiento.

La figura de la madre, tan asociada culturalmente al origen y al sostén, se transforma aquí en un espejo invertido. Ya no es solo quien cuida, sino quien necesita ser cuidada. Y en ese cambio, a veces doloroso, también hay una forma de continuidad: el amor sigue circulando, aunque cambie de dirección.
Quizá por eso, para muchas personas, todos los días son el Día de la Madre. Porque cada jornada es una oportunidad de seguir estando, incluso cuando la otra persona empieza a no saber quién eres.
Y ahí, en ese lugar sin fechas ni certezas, se sostiene una forma de amor que no necesita ser recordada para ser verdadera. Un amor genuino que no depende de la memoria.

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