Los límites de tratar a todos por igual

una gigantesca balanza de latón colocada en medio de un pedestal de mármol dentro de un imponente patio o vestíbulo institucional. Ambos platos de la balanza sostienen exactamente el mismo bloque de peso de piedra, perfectamente equilibrados a la vista. Sin embargo, en un plato, la superficie sobre la que apoya el bloque es lisa y dorada; en el otro plato, la superficie está quebrada, llena de peldaños desiguales y barreras invisibles. La luz natural entra cenitalmente filtrándose a través de ventanas altas, creando un fuerte contraste de sombras y destacando la textura del material.

Cuando aplicar la misma norma a realidades distintas no genera justicia, sino desamparo: por qué la verdadera equidad exige mirar las circunstancias y no solo las leyes.

 

 

Por Claudia Benitez

HoyLunes – En el artículo anterior dejamos varias preguntas sobre la mesa, una de ellas es: si la igualdad significa dar a todos lo mismo, ¿podemos afirmar que igualdad y justicia son siempre sinónimos?

La respuesta no es sencilla.

Y quizá justamente por eso vale la pena detenernos en ella.

La igualdad es uno de los principios fundamento dentro de la sociedad democrática moderna. Significa reconocer que todas las personas tienen el mismo valor y deben gozar de los mismos derechos. Nadie debería valer más ante la ley por haber nacido en una determinada familia, tener más dinero, ocupar una posición de poder o pertenecer a un grupo privilegiado.

En ese sentido, la igualdad parece justa e indispensable dentro de la vida en comunidad. Va de la mano con la idea de justicia, pero plantea una pregunta inevitable: si no somos iguales, ¿cómo la sociedad adaptar la justicia a las diferencias? O ¿Debe la diferencia adaptarse a la igualdad o la igualdad reconocer las diferencias?

Ser iguales en derechos no significa ser idénticos en circunstancias.

Y aquí aparece nuevamente la tensión con la equidad.

Tomemos una institución cualquiera que establece como regla: “Todos serán tratados exactamente de la misma manera”.

La frase parece impecable.

Pero imaginemos que esa regla obliga a una persona con discapacidad física a utilizar exactamente el mismo acceso que una persona que no tiene ninguna dificultad de movilidad.

La norma es igual para todos.

El resultado, sin embargo, puede ser profundamente desigual.

Por eso cuando pensamos en una sociedad ecuánime, debemos considerar la creación de adaptaciones, apoyos y medidas que buscan eliminar barreras. No porque algunas personas sean “más importantes” que otras, sino porque una igualdad puramente formal puede ignorar obstáculos que no afectan a todos por igual.

Lo mismo ocurre en otros ámbitos.

Una sociedad puede decir que todos tienen derecho a estudiar. Pero si algunos niños tienen escuelas cercanas, libros, internet y acompañamiento familiar, mientras otros enfrentan carencias básicas, declarar que “todos tienen derecho” no resuelve por sí mismo la desigualdad. La situación es aún mas compleja cuando hablamos de las obligaciones que los ciudadanos tienen y cómo pueden respetarlas o cumplirlas.

El derecho puede ser igual.

La posibilidad real de ejercerlo puede no serlo.

El derecho puede ser igual para todos, pero la posibilidad real de ejercerlo casi nunca lo es.

Aquí encontramos una distinción fundamental: la igualdad reconoce derechos; la equidad busca que esos derechos puedan hacerse efectivos teniendo en cuenta las circunstancias concretas de cada persona.

Una no debería eliminar a la otra.

Plano medio-corto cinematográfico a la altura de los ojos en la entrada de un edificio público de arquitectura neoclásica. A la derecha, una imponente y empinada escalinata de piedra bajo la luz matutina. En primer plano a la izquierda, una persona vista de perfil desde una silla de ruedas o con apoyos de movilidad, contemplando la entrada. A través del reflejo de un ventanal cristalino cercano se proyecta en letras sobrias el grabado oficial: "Acceso Igualitario".
El abismo entre la regla y la realidad: cuando la igualdad formal se olvida de las barreras invisibles.

El problema aparece cuando convertimos cualquiera de las dos en una respuesta automática.

Si todo se resuelve diciendo “a todos lo mismo”, podemos terminar ignorando desigualdades reales.

Tampoco podemos resolver todo diciendo “a cada uno según su situación”, también podemos caer en arbitrariedades o privilegios difíciles de justificar.

Por eso la justicia requiere algo más difícil que aplicar una fórmula.

Requiere mirar. Mirar el contexto. Mirar las necesidades. Mirar las reglas. Mirar sus consecuencias. Y sobre todo mirar los individuos en concreto.

Porque una decisión puede parecer perfectamente igualitaria desde un escritorio y producir resultados profundamente desiguales cuando llega su aplicación en la vida cotidiana.

Quizá la verdadera discusión no sea entonces elegir entre igualdad y equidad.

Quizá la pregunta sea otra:

¿Cómo podemos utilizar la igualdad para garantizar los mismos derechos y la equidad para evitar que las diferencias de circunstancias conviertan esos derechos en privilegios para unos y promesas imposibles para otros?

La respuesta a esa pregunta nos conduce al último paso de esta reflexión.

Porque igualdad y equidad no necesariamente están enfrentadas.

Tal vez, juntas, sean dos herramientas diferentes para construir una misma idea: la justicia.

Continuará.

Claudia Benitez.
Claudia Benitez. Escritora

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