De galán accidental a leyenda del fantaterror europeo: la extraordinaria vida de un actor que encontró en España su verdadero hogar cinematográfico.
Por Jorge Alonso Curiel
Hoylunes – Ha muerto Jack Taylor a los 99 años, en Madrid, y con él desaparece una de esas figuras imposibles de repetir que solo puede producir el cine europeo de otra época: actores errantes, cosmopolitas, supervivientes de mil rodajes improbables, capaces de pasar del terror de serie B al cine de autor, de un castillo gótico portugués a una superproducción de Hollywood, sin perder jamás cierta elegancia cansada y nocturna.
Para varias generaciones de espectadores, Jack Taylor era simplemente “ese actor” que aparecía de pronto en películas extrañas, turbias o fascinantes. Un rostro reconocible, sofisticado, ligeramente melancólico, asociado a laboratorios siniestros, mansiones decadentes, aristócratas ambiguos, científicos perturbados o detectives fatigados. Pero detrás de esa presencia tan característica había una vida verdaderamente novelesca. Y, sobre todo, profundamente ligada a España.
Un americano en Europa
Jack Taylor había nacido en California en 1936 con el nombre de George Brown Randall. Como tantos actores de su generación, comenzó buscando una oportunidad en el cine y la televisión estadounidenses, pero el destino terminó llevándolo a Europa, donde encontraría algo mucho más valioso que el éxito convencional: una identidad artística propia.
Llegó a España en los años sesenta y ya nunca abandonó del todo el país. Aquí encontró trabajo, amigos, personajes y una forma de entender el cine que encajaba perfectamente con su temperamento. Alto, elegante, de voz grave y presencia sofisticada, poseía un físico ideal para interpretar extranjeros misteriosos, villanos refinados o figuras ambiguas difíciles de clasificar. Y el cine español de género lo adoptó inmediatamente.

El rostro del fantaterror
Resulta imposible hablar de Jack Taylor sin hablar del llamado “fantaterror”, aquel extraordinario y desacomplejado cine fantástico y de terror que floreció en España entre finales de los sesenta y comienzos de los ochenta.
Fue un cine pobre en medios, pero riquísimo en imaginación, atmósfera y personalidad. Un universo de castillos húmedos, cementerios brumosos, científicos dementes, vampiros melancólicos y erotismo sombrío que terminó convirtiéndose en objeto de culto en medio mundo. Taylor se convirtió en uno de sus rostros fundamentales.
Trabajó con directores esenciales del género como Jesús Franco, Amando de Ossorio, León Klimovsky o Juan Piquer Simón, y compartió pantalla con iconos como Paul Naschy, Soledad Miranda o Lina Romay.
Su filmografía de aquellos años parece el catálogo de un videoclub maldito: vampiros, templarios ciegos, laboratorios secretos, maldiciones familiares, islas misteriosas y mansiones donde nunca convenía pasar la noche.
Pero había algo que distinguía a Jack Taylor de otros intérpretes del género: nunca parecía tomarse el material por encima del hombro. Incluso en las películas más delirantes mantenía una seriedad elegante, una dignidad interpretativa que elevaba el conjunto. Entendía perfectamente las reglas de aquel cine y sabía que el fantástico funciona mejor cuando los actores creen sinceramente en él.
Mucho más que serie B
Reducir a Jack Taylor al cine de culto sería injusto. A lo largo de su carrera trabajó también con algunos de los grandes nombres del cine internacional.
Apareció en The Ninth Gate, dirigida por Roman Polanski; participó en Conan the Barbarian junto a Arnold Schwarzenegger; y tuvo papeles en películas de Milos Forman o Ridley Scott.
Sin embargo, incluso cuando trabajaba en producciones más prestigiosas, seguía conservando algo profundamente ligado al viejo cine europeo de género. Su sola presencia parecía traer consigo la memoria de otro tiempo cinematográfico: coproducciones imposibles entre España, Italia y Francia; rodajes caóticos; noches interminables; estudios modestos llenos de humo y entusiasmo.
Jack Taylor pertenecía a esa estirpe de actores que daban atmósfera incluso antes de pronunciar una frase.
Un actor de culto en el sentido más noble
Con los años, Taylor terminó convirtiéndose en una figura reverenciada por cinéfilos de todo el mundo. Festivales especializados, retrospectivas y documentales reivindicaron su importancia dentro de la historia del fantástico europeo.
Y él asumió ese estatus con una mezcla muy atractiva de ironía, humildad y lucidez. Nunca pareció obsesionado por el prestigio. Sabía perfectamente el tipo de cine que había hecho (libre, artesanal, imperfecto) y entendía que aquellas películas, despreciadas durante años, habían terminado encontrando su lugar en la memoria sentimental de varias generaciones.

Un superviviente de otro tiempo
En sus últimos años, Jack Taylor se había convertido casi en una aparición fantasmal del propio cine europeo del siglo XX. Su rostro envejecido conservaba intacta aquella mezcla de sofisticación y cansancio romántico que siempre lo caracterizó.
Verlo en pantalla producía una emoción particular: daba la sensación de estar contemplando a uno de los últimos supervivientes de un mundo desaparecido.
Y quizá eso explique el cariño que despertaba entre tantos aficionados. Porque Jack Taylor no fue únicamente un actor de terror o de culto. Fue también el símbolo de una época en la que el cine europeo todavía podía ser aventurero, extraño, barato, elegante y salvaje al mismo tiempo.
Con su muerte desaparece una de esas figuras secundarias esenciales sin las cuales la historia del cine sería mucho menos interesante.
Algunas películas esenciales de Jack Taylor
Gritos en la noche (1962).
Necronomicon (1968).
El conde Drácula (1970).
La noche de los brujos (1974).
La orgía nocturna de los vampiros (1973).
El buque maldito (1974).
Conan el Bárbaro (1982).
Mil gritos tiene la noche (1982).
Al filo del hacha (1988).
La novena puerta (1999).
Wax (2014).

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