Juan Rulfo: Fotógrafo de la soledad y el llano en llamas (Parte 1)

Una inmersión en la vida y el contexto del agente de ventas que revolucionó la literatura hispanoamericana con solo dos obras.

 

(Nota editorial: Este artículo sobre la figura de Juan Rulfo y su inesperado impacto en el cine venezolano se publicará en dos partes. Esta primera entrega aborda la vida, el contexto político y la pasión fotográfica del autor mexicano).

 

Por Edinson Martínez

HoyLunes – En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento «¡Diles que no me maten!»; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista ‘América’, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.

Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.

Cargando el peso de Comala: Juan Rulfo, el agente de ventas que viajaba con un universo de ánimas en su maleta.

La vida de Juan Rulfo

Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.

Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo. Su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”.

El llano como personaje

Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración y vendedor de cauchos. Este último trabajo le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de ‘El llano en llamas’.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando…
(Rulfo, J., «Nos han dado la tierra»)

La geografía mexicana vista a través del parabrisas y el lente del agente Goodrich-Euzkadi.

Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva y escribía para sí mismo. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en ‘Hamlet’— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos ‘El llano en llamas’ y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”.

...En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver…
(Sabina, J., «Peces de ciudad»)

Antes de que existiera el ‘boom’ latinoamericano, Rulfo ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos, algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar santuarios a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

Pero, ¿cómo cruzó este universo rulfiano las fronteras para encarnar en el cine venezolano? Lo descubriremos en la segunda parte de este recorrido.

Lee aquí la Segunda Parte: El «Llano en llamas venezolano» de Freddy Siso https://2u.pw/z4tN3K

Econ. Edinson Martínez

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